miércoles, 3 de febrero de 2010

La Gran Cadena de los Prejuicios Sociales


“Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.
(Albert Einstein).

Mientras pasea por la calle, alguien se detiene ante el escaparate de una boutique. En él se muestran dos camisas, hay una notable diferencia de precio entre ambas: la de la izquierda cuesta 180,00 €, la de la derecha sólo 29,99 €.

Antes de proseguir con la lectura de este texto, detengámonos unos instantes para pensar en la razón de este margen de diferencia.




¿Qué opinas?

Entre las posibles razones, seguramente figurarán éstas u otras similares:

La camisa de la izquierda debe su elevado coste a que está confeccionada a mano o con un tejido natural; es un modelo, incluso exclusivo, de un elegante y prestigioso diseñador de moda y está de “rabiosa actualidad”; lo que es lo mismo, es “mejor”. Por el contrario, la camisa de 29,99 €, seguro que es “peor”; de la temporada pasada y se vende como saldo; se deformará o desteñirá con el primer lavado, porque es de un tejido sintético de mala calidad; formará parte de una partida de un millón de idéntica confección “made in Taiwán” o estará diseñada con un patrón incómodo y nada favorecedor porque es una “burda” imitación...

Pero, sigamos con la historia...

Finalmente, esa persona decide entrar a la tienda y, como su poder adquisitivo se lo permite, se concede el capricho de la camisa “mejor”, porque “es alguien con clase”, le gusta mostrar buena imagen e ir elegantemente vestido con prendas de calidad y prestigio.

Al pagar al dependiente el importe exacto, éste le devuelve 150,01 € y, ante la sorpresa de su cliente, le responde cordialmente:

“Disculpe. Acabamos de darnos cuenta que el escaparatista ha confundido esta mañana los precios de las camisas expuestas. Sólo son 29,99 euros. Gracias”.

¿Qué ha ocurrido?

Quizás algo semejante a lo que sucedió con otro caso del que fui testigo: En un comercio entró un individuo vestido con ropa sucia y ajada. Inmediatamente, los dependientes de la tienda se pusieron “en guardia” imaginando lo peor de él. Tras unos minutos, el supuesto “mendigo” o “ladrón” -vaya usted a saber- se acercó a uno de los dependientes con intención de comprar un valioso objeto. El vendedor, con tono despectivo, le dijo su precio con intención de alejarlo. Acto seguido, el comprador, ignorando la actitud del dependiente, sacó el dinero de su bolsillo y le hizo entrega del mismo ante la incredulidad del empleado, quien tuvo que tragarse su orgullo por su gesto arrogante y despótico al haber creído que no podría adquirir tan costoso artículo. La escena finalizó con las burlas del resto de los dependientes por lo “ingenuo” que había sido su compañero, aunque cabría pensar que a ellos les habría podido suceder lo mismo por haber prejuzgado, igualmente, a un comprador por su imagen.

No es nada nuevo ver distintos artículos de moda falsificados en mercadillos ambulantes, donde la gente compra a precios de ganga bolsos de polipiel mal cosidos, sin forro y con la cremallera falta de “3-EN-UNO” para abrirse sin quedar atascada o gafas de sol que dejan “cegato”, sin embargo, causarán envidia entre amigos al ver que incorporan logotipos elitistas que nadie sabrá identificar como falsos, a pesar que los auténticos, posiblemente, estén también sobrevalorados como estrategía de marketing.

¿A qué conclusión nos llevan estos ejemplos?

Desde mi punto de vista, a nuestra habitual tendencia a valorar cosas y personas por su apariencia al margen de cualquier hecho objetivo. Es decir, al prejuicio.

Bárbara opina que Aurora, su compañera de trabajo, es una “marujona”, porque al salir de la oficina se enzarza en una guerra contra los ácaros apuntándoles con el spray limpiador del que es experta francotiradora.

Por su parte, Bárbara aprovecha el tiempo libre en combatir a los porteros que tratan de impedirle el acceso a concurridos locales nocturnos, porque el atuendo de alguno de sus acompañantes “no es el adecuado para el lugar”.

Entre sus acompañantes solían estar Carmen y Diego, pero lleva tiempo sin verlos, porque Diego está desbordado de trabajo pues, según dice, su compañero “es un incompetente tocapelotas que se pasa el día comiéndole la oreja al pintamonas de su jefe”. Y, Carmen, según le comentó a él, está molesta con su amiga, ya que cree que está flirteando con su esposo, a quien califica de “hombre íntegro y fiel, hubiese preferido que se buscase un ligón empedernido que fuera de guaperas por la vida, porque le pega más a una loba devoradora de hombres como ella”.

El marido de Carmen, Emilio, le comenta a su “amante”, Flor, lo que le había dicho “ese intelectualoide trasnochado que pierde aceite”, refiriéndose a Diego, ella le respondió, “Ignórale, ya sabes que es un soplagaitas”.

Por casualidades de la vida, Flor, “la querida” de Emilio, es vecina de Aurora, ”la marujona” que trabaja con Bárbara. Pues bien, Aurora tacha a Flor de “paleta” y “hortera”, porque un día se la encontró en el supermercado vestida con chándal y zapatillas de deporte... “¡Qué poca clase!”.

Parecerá una historia inverosímil e incomprensible, pero no deja de ser una sátira de las redes sociales que tejemos a nuestro alrededor llevados por el mal hábito de prejuzgar y encasillar a las personas sin tener argumentos para hacerlo, porque ¿de verdad sabemos qué ocultan esas personalidades a las que aplicamos tan alegremente esos juicios de valor?

No reparamos en el mapa mental de cada individuo para saber si Aurora es una “marujona”, cuando podría estar asistiendo a clases de interpretación teatral, una inquietud que no caracteriza al prototipo en el cual ha sido encasillada. Bárbara sería una mujer segura de sí misma que ha optado por su independencia, pero se le cataloga de “loba devoradora de hombres” porque antepone su libertad y satisfacción personal a un compromiso afectivo, que tal vez tampoco le ofrezcan. Diego es “discreto”, a pesar de no saber guardar un secreto, pero se permite conceptuar a su compañero de “incompetente tocapelotas”, como de “pintamonas” a su responsable. Quizá no se sabe que entre Carmen y Emilio existen unos trámites de divorcio, aunque ella prefiera negarlo u ocultarlo afirmando que su marido le es “fiel”; o que Flor ocupa un puesto de alta dirección en una importante multinacional que le obliga a ir formalmente vestida, por lo que, en su tiempo libre, prefiere la comodidad de un chándal y unas zapatillas deportivas, al riguroso traje chaqueta de ejecutiva y a los molestos zapatos de tacón de aguja, aunque a algunos les pueda parecer “de mal gusto”. 

De la misma manera, todos imaginamos a Santa Claus vestido de rojo, pero ¿sabemos que una mundialmente conocida marca de refrescos le cambió el “look” para hacerlo coincidir con su color corporativo? Pues sí, Papa Noel vestía de verde y no de rojo como nos ha hecho creer la publicidad y nos lo hemos creído como “chinos”. ¡Por cierto! ¿Por qué nos engañan como a “chinos”? ¿Significa que los más de 1.000 millones de habitantes de China son todos tan ingenuos, ignorantes y carentes de criterio como para no dudar de cuanto se les dice? En fin, sin entrar en otras consideraciones, si yo fuera china no me gustaría que se utilizase mi nacionalidad para semejante comparación, igual que no imagino que hacer el “indio” signifique pasarse el día haciendo tonterías, como tampoco me gusta pensar que por el hecho de ser “made in Spain” se me presuponga vestida de faralaes, con banderillas por peineta y castañuela en mano.

Pero, volviendo al entrañable Papá Noel, no comprendo cómo el mismo fabricante de refrescos de cola aún no le ha convertido en “anoréxico” haciéndole pasar por una clínica de adelgazamiento para colocarle un balón intragástrico o hacerle una liposucción y, así, cumplir con los cánones de belleza impuestos por los modismos actuales, porque debe ser el único “gordo” aceptado mundialmente, pues los anónimos y desconocidos que llevan el sobrepeso en sus carnes, también lo soportan en el escarnio y la descalificación constante que padecen ante los agudezas críticas de esta sociedad sarcástica que, en el fondo, no tiene ninguna gracia y menos para quienes sufren en primera persona sus mordaces sutilezas.

De esta manera, si seguimos, llegamos “hasta el infinito y más allá” y todos podemos convertirnos en la diana de ojos con rayos destructores y lenguas viperinas que acompañan a cerebros que emplean su capacidad intelectual en crear, cada día, nuevos calificativos más ingeniosos y sorprendentes que nos apuntan con su dedo acusador. Somos “merengues” o “colchoneros”, “nenazas” o “marimachos”, “maricones” o “tortilleras”, “pijos” o “macarras”, “pelmazos” o “marchosos”, “casposos”, “frikies”, “gallinas”, “cocinillas”, “cerebritos”, “loros”, “gafotas”, “moscones”, “colgados”... Todo sirve de motivo para ridiculizar... pero el intelecto no se utiliza para conocer a las personas con detenimiento antes de someterlas a tan injustos y crueles enjuiciamientos.

Curiosamente, podremos observar que estos calificativos, en su gran mayoría, son dicotómicos o excluyentes, peor aún, son radicales, intolerantes e intransigentes. Es la lucha de los contrarios que puede inducir a rivalidad: guapos contra feos, flacos frente a gordos, listos contra tontos, jóvenes frente a viejos, divertidos contra aburridos, ricos frente a pobres... Eres o no eres, estás a favor o en contra, participas o te excluyes, aceptas o niegas... Estás con nosotros o contra nosotros.

Nuestro entorno nos obliga a elegir entre dos favoritos descartando por principio, cuanto menos de entrada, cualquier otra elección posible. No hay estaturas intermedias, no existimos aquellos que, aún perteneciendo al mundo de los “bajitos”, somos “altos”; simplemente existen estas dos categorías. Somos “machotes” o “locas con pluma”, “lindas florecitas de pitimini” o “machorras” de quienes no se tolera su identidad sexual, ni su personalidad. Estamos “liberadas” (con la interpretación negativa que se hace del término) o somos “marujas”, no se permite hacer uso de nuestra libertad personal recibiendo el merecido respeto, al tiempo que nos ocupamos de nuestras familias y hogares con satisfacción o por obligación. Somos “niñatos” o “carrozas”, sin embargo, no podemos tener esa edad estupenda en la que se puede disfrutar de la experiencia de la que adolece la juventud, sabiendo que aún queda mucho tiempo para llegar a la jubilación, porque simplemente se es “cuarentón” o “cincuentón” despreciado por “veinteañeros” y “treintañeros”, preferidos, éstos últimos, hasta por las empresas que rechazan años de experiencia profesional en pro de una juventud cargada de conocimientos meramente teóricos. Somos “machistas” o “feministas” sin comprender que creemos únicamente en la igualdad de sexos sin ponerle calificativo alguno. Somos “vagonetas” o “currantes”, no cabe el permiso para disfrutar de un rato de pereza y descanso tras una dura jornada laboral...

Vivimos rodeados de estereotipos estrechamente ligados al prejuicio que alcanza también a la tan traída y llevada “lucha de sexos”: “todos los hombres sois iguales, sólo pensáis con la bragueta”, pese a que muchos puedan preferir el cariño al sexo o el habitual “mujer al volante, peligro constante” aunque esta frase la pronuncie un “chavalín” que acaba de obtener el permiso de conducir y se refiera a una “tía” que lleva más de 20 años conduciendo a diario con seguridad.

Aceptamos las propuestas de los patrones estéticos sometiéndonos al bisturí para mejorar nuestra imagen física, en el vano intento de parecer alguien que en realidad no somos. Damos prioridad a la apariencia desatendiendo la evidencia, incluso la de estar poniendo en riesgo nuestra salud por bulimia o anorexia. Sin embargo, ¿cómo y cuándo nos aplicamos el “Botox emocional” o nos realizarnos el “lifting mental” para cambiar nuestra escala de valoración prejuiciosa, para aprender a respetar y empatizar con nuestros semejantes? Nuestra “calvicie intelectual” no se elimina con injertos de cabello, se consigue haciendo uso de nuestra capacidad de razonamiento y de comunicación. No necesitamos un “Wonder Bra”, ni implantes de pecho para lucirlo externamente, hay que mostrar el del interior, prescindir de los senos para ocuparnos del corazón, donde se encuentra la estética de mayor valía, sin importar que sea imperceptible a los ojos, pues no lo es a los sentimientos.

Lamentablemente, las distinciones y clasificaciones abarcan un campo mucho más amplio y problemático si nos referimos a la lista interminable de colectivos sociales que se vieron –y se siguen viendo- injustamente discriminados a lo largo de la Historia, de la cual no se pueden suprimir aquellos capítulos marcados por la “doctrina de superioridad racial” impuesta a miles de hombres y mujeres afroamericanos linchados en EE.UU. entre finales del siglo XIX y principios del XX, como nadie puede olvidar el exterminio del pueblo judío llevado a cabo por el movimiento Nazi durante la Segunda Guerra Mundial, o la “psicosis colectiva“ actual de persecución de los pueblos islámicos tras los atentados del 11-S de 2001, por ejemplificar algunos de los casos más recientes e incluso sangrantes.

Aquí, creo conveniente recordar que la UNESCO establece de forma clara la igualdad entre todos los seres humanos. Expone que, “en el estado actual de los conocimientos biológicos, no podemos atribuir las realizaciones culturales de los pueblos a desigualdades del potencial genético, sino que las diferencias entre las realizaciones de los diversos pueblos se explican completamente por su historia cultural”.

A los miembros de estos colectivos, incluso, se les ridiculiza con apodos insultantes y grotescos como “negrata”, “sudaca”, “panchito”, “calorro”... completados normalmente con algo escatológico. En estos apodos, la segregación lleva implícito algo infinitamente peor: la falacia de la “presunción de culpabilidad a priori” cayendo en la trampa de la justicia de nuestros propios razonamientos, la presuposición de comportamientos antisociales generalizados para todo el colectivo: “avaros”, “terroristas”, “ladrones”, “mafiosos”, “vagabundos”, ”gandules”, “hipócritas”...

Es posible que se me catalogue de “rígida” o de “huraña sin sentido del humor”. Será que soy “borde”, “antipática”, “intolerante” o “antisocial” y necesite hacer un curso de reciclaje o de reinserción social para dejar de ser tan “rarita” y volverme una persona “normal”, pero, sin ese curso que me capacite para comprender y aceptar estos conceptos y esta mentalidad, personalmente y a día de hoy, no le encuentro el sentido, ni la gracia, a ninguno de todos estos apelativos, como tampoco estoy a favor de ningún tipo de discriminación.

Hasta aquí he ejemplificado, inclusive caricaturizado (irónicamente para no salirme de la línea de actuación de esta costumbre social), una variedad –que no la totalidad– de prejuicios, estereotipos y elementos discriminadores con los que convivimos permanentemente. Sin embargo ¿sabemos realmente qué son, de dónde proceden, a qué se deben y qué consecuencias tienen? Si comenzáramos por ahí, sería probable que pudiésemos reflexionar con el objeto de modificar nuestros conceptos, pensamientos y comportamientos al respecto; podríamos encaminarnos hacia un conocimiento más amplio y con una perspectiva más objetiva que nos permita establecer nuestro propio criterio, alejándonos de la parcialidad y de las falsas creencias de las que se nutren.

Una de mis máximas vitales es “No hagas a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Con ella procuro igualarme y ceñirme al patrón de conducta que me corresponde recibir. Si no me gusta que me juzguen, tampoco es apropiado que yo lo haga al no tener derechos diferentes a nadie. En la medida que mi consciencia me lo permite, evito prejuzgar, intento VALORAR con conocimiento de causa, procuro aproximarme a una realidad más objetiva y menos distorsionada, pretendo soportar mis palabras y mis actos en la experiencia, como me esfuerzo en ofrecer y asimilar críticas constructivas. ¿Lo logro? No siempre, debido a que, como nos ocurre a todos los humanos, no consigo abstraerme por completo de la influencia cultural que recibo, aun así, trabajo por mejorar estas deficiencias.


A nadie le gusta que menosprecien ningún aspecto de su identidad, pero nos atribuimos la libertad de prejuiciar a las personas que nos resultan “non gratae”. Si deseamos respeto ¿Por qué no empezamos por ofrecerlo? Si no deseamos ser víctimas o reos ¿Por qué ser jueces o verdugos? La respuesta creo que se halla en el conflicto ético de la evolución de nuestra civilización e inherente al comportamiento y proceso de sociabilización humano. Supongo que el mismo que nos conduce a vivir inmersos en el colosal escaparate de “La Gran Cadena de los Prejuicios Sociales” donde se expone todo y con todo se comercia, donde todo se encuentra y vale todo, donde todo se clasifica y se señala con el dedo, donde cada persona y cada cosa tiene un precio superficial o de risa burlesca.


© Ana Molina (Administrador del blog).



A propósito del prejuicio... La Elegancia del Erizo


Idea profunda nº 12


“Marguerite es de origen africano y si se llama Marguerite, no es porque viva en la zona más elegante de París, sino porque es un nombre de flor. Su madre es francesa, y su padre, de origen nigeriano. Trabaja en el Quai d’Orsay, pero no se parece en nada al típico diplomático. Es un hombre sencillo. Parece gustarle su trabajo. No es en absoluto cínico. Y tiene una hija guapísima: Marguerite es la belleza en persona; una tez, una sonrisa y un cabello de ensueño. Y sonríe todo el rato. Cuando Achille Grand-Fernet (el gallito de la clase) le cantó el primer día esa canción que habla de una mestiza de Ibiza que siempre va desnuda, ella le contestó al instante, con una sonrisa de oreja a oreja, con otra canción que habla de un niñato que le pregunta a su madre por qué ha nacido tan feo. Eso es algo de Marguerite que yo admiro: no es que sea una lumbrera en el terreno conceptual o lógico, pero tiene una capacidad de réplica increíble. Es un verdadero don, sí. Yo soy intelectualmente superdotada, y Marguerite es un hacha en el campo de soltar buenos cortes. Me encantaría ser como ella; a mí la respuesta se me ocurre siempre cinco minutos más tarde y tengo que repetir todo el diálogo en mi cabeza. Cuando, la primera vez que vino a casa, Colombe le dijo: “Marguerite es bonito, pero es un nombre de abuela”, ella le respondió al momento: “Al menos no es un nombre de pájaro” ¡Se quedó con la boca abierta, Colombe, fue gracioso! Se debió de pasar horas rumiando la sutileza de la respuesta de Marguerite, diciéndose que era sin duda pura casualidad, pero ¡vamos, que la afectó! Lo mismo ocurrió cuando Jacinthe Rosen, la gran amiga de mamá, le dijo: “No debe ser fácil de peinar, un pelo como el tuyo.” (Marguerite tiene una cabellera de león de la sabana). Ella le contestó: “Yo no entender lo que mujer blanca decir”.”.


Idea profunda nº 9


"He aquí pues mi idea profunda del día: es la primera vez que conozco a alguien que busca a la gente y que ve más allá de las apariencias. Puede parecer trivial, pero yo creo sin embargo que es profundo. Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es más grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes. Si nos diéramos cuenta, si tomáramos conciencia del hecho de que no hacemos sino mirarnos a nosotros mismos en el otro, que estamos solos en el desierto, enloqueceríamos. Cuando mi madre le ofrece tejas de la pastelería Ladurée a la señora Broglie, se cuenta a sí misma la historia de su vida y se limita a mordisquear su propio sabor; cuando papá se bebe su café y se lee su periódico, se contempla en un espejo al estilo del método Coué; cuando Colombe habla de las conferencias de Marian, despotrica sobre su propio reflejo; y cuando la gente pasa delante de la portera, no ve más vacío porque se trata de otra persona, no de ellos mismos.

Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente.


© Muriel Barbery. “La Elegancia del Erizo”.



viernes, 29 de enero de 2010

Los Prejuicios Sociales y la Discriminación a Estudio


INTRODUCCIÓN
La ética social es una rama de la Ética que se ocupa de reflexionar sobre la justicia de las normas de la vida en comunidad. Su objeto es establecer las pautas de conducta social que garanticen la existencia de la “moralidad” en la vida pública y analizar las normas que caracterizan a los diferentes grupos de la sociedad, a la vez que estudia sus circunstancias culturales, históricas y demás condicionamientos.

En nuestros días, el concepto “ética” hace referencia a la reflexión sobre el “deber moral” y a la justificación de por qué deben ser consideradas como adecuadas o inadecuadas ciertas acciones y actitudes. Por tanto, se considera un comportamiento ético aquel que es conforme a las normas morales. El filósofo Kant afirmó al respecto que sólo podían ser consideradas como buenas, ética o moralmente hablando, aquellas acciones que hubieran sido ejecutadas exclusivamente por puro respeto al “deber moral”, es decir, sin que su realización nos mueva ningún interés particular.

En el lenguaje cotidiano es frecuente utilizar el término “moral” como sinónimo de “ética”. Sin embargo y de acuerdo a la tradición filosófica, la ética se ocupa de las reflexiones teóricas, mientras la moral sería el conjunto de normas concretas que llevan a la práctica la reflexión ética. De aquí que muchos pensadores afirmen que la moral no es más que “ética aplicada”.

Desde esta perspectiva “ética”, aquí, se pretende indagar en el estudio de los prejuicios y la discriminación, en sus aspectos, fundamentos y repercusión en el ámbito psicológico, sociológico y cultural.

CONCEPTOS BÁSICOS

Creencia
Las creencias, principales causantes de los prejuicios, son ideas, imágenes o modelos mentales que desarrollamos con la intención de satisfacer un deseo, real o imaginario, sobre el cual no se acepta una alternativa diferente.

El contenido de estas creencias se sustenta en una generalización rígida y determinista respecto del objeto prejuzgado; prescinde de hechos y datos, por lo que fomenta determinados comportamientos grupales, más allá de simples posiciones personales. De esto se deduce que la idiosincrasia de la conciencia social basada en las creencias controla, rechaza y penaliza la individualidad.


Estereotipo
Los estereotipos son métodos perceptivos (supuestos no soportados en hechos reales) que se emplean para la catalogación de los individuos por grupos, en función de determinadas características genéricas que se le atribuyen para identificarlos como iguales. Se acompañan de actitudes (positivas o negativas) que desarrollan expectativas que no se modifican a pesar de disponer de la información necesaria para ello. Esto es, son generalizaciones inamovibles.

Dado que representa un ahorro de esfuerzo de pensamiento, en su origen ayudan en el proceso de adaptación social como aspectos de la comunicación, el conocimiento y la interacción con el entorno. La información sobre personas, circunstancias u objetos que han entrado en contacto con nosotros y que hemos experimentado u observado, queda registrada en nuestra mente, de modo que, al repetirse situaciones similares, esa información se reutiliza sin necesidad de partir de cero una y otra vez.

Al iniciar una nueva relación, establecemos un marco de referencia en el cual nos sentimos seguros, presuponiendo que los demás tienen una escala de valores y de percepción semejante a la nuestra. Con unos datos básicos y evidentes sobre los otros (sexo, edad, vestuario, etc.), se forjan las ideas sobre la base de experiencias previas o hipotéticos deseos. Sin embargo, esta información es insuficiente para el conocimiento del sujeto o circunstancia en cuestión; no son más que meras suposiciones no contrastadas con hechos reales, por tanto, distorsionadas por nuestra subjetividad, la cual pasa por alto innumerables aspectos y desestima las diferencias.

En su aspecto positivo, tienden a favorecen la identidad social y el sentimiento de pertenencia a un grupo, de manera que nos permiten sentirnos integrados. No obstante, tienen su contrapartida negativa ya que, llevados al extremo, se convierten en auténticos prejuicios

Prejuicio
Es una predisposición del conocimiento, con connotaciones éticas negativas, que afecta al modo en cómo percibimos e interpretamos la realidad. Se soporta en creencias y estereotipos (ideas, expectativas o suposiciones) no contrastados con la experiencia, ni con evidencias a cerca de individuos, circunstancias o cosas que no se conocen, atribuyéndoles características comunes que les identifican como componentes de un grupo por su aparente semejanza. Luego, designa la acción de valorar algo sin el suficiente y adecuado conocimiento de la cuestión sobre la que se opina, sin haber realizado un análisis crítico previo de la misma. Por tanto, cuando no se comprueba la verdad de la información o una decisión depende de dicha veracidad, estamos hablando de un acto prejuicioso y por tanto reprochable.

Discriminación
La discriminación es todo aquel comportamiento que, debido a creencias (estereotipos y prejuicios) implique parcialidad en las relaciones y en la comunicación, el menosprecio, rechazo o la segregación de personas o colectivos por preferencias que niegan los principios básicos de igualdad de libertades y derechos humanos, por la intolerancia y la no aceptación de la pluralidad y diversidad.

Conclusión
realiza una valoración negativa basada en estereotipos, el resultado es el prejuicio. Cuando los prejuicios llevan a una persona a actuar de un modo determinado respecto al individuo o grupo prejuzgado, el resultado es la discriminación.

De acuerdo a esto, se puede establecer una diferencia entre estos términos: El estereotipo se limita a creencias generalizadas por falta de conocimiento, mientras que, el prejuicio, partiendo de estereotipos, alcanza al aspecto emocional, en cuanto a que son manifestaciones de nuestros sentimientos hacia grupos a los cuales no pertenecemos. La discriminación es la manifestación conductual de prejuicios y actitudes estereotipadas.

Otra de las características que los distingue es su polaridad: Los estereotipos pueden ser positivos, negativos o ambivalentes, mientras que el prejuicio no es positivo y la discriminación es la más negativa.

ORÍGENES Y DESENCADENANTES
El prejuicio y la discriminación pueden tener su origen en razones cognitivas que se trasladan al ámbito social, como pueden ser:

Aprendizaje
Parte de nuestro aprendizaje se basa en el manejo de nuestros recursos personales y en nuestro comportamiento frente a los demás. Por ello, se hace imprescindible partir de unas suposiciones mínimas respecto a los otros, de cara a interactuar socialmente y saber adaptarnos a cada situación.

Además, puede que el individuo prejuzgue de manera automática sin pretenderlo, que no haya desarrollado por sí mismo una actitud discriminatoria, sino que lo haga por la experiencia adquirida desde su infancia por la educación recibida, muy arraigada en su entorno.

Simplificación
Para facilitarnos la comprensión de los hechos, tenemos tendencia a simplificarlos, compararlos con otros experimentados con anterioridad y los completamos con datos inexistentes.
Falta de Información
Cuando alguien prejuzga suele incurrir en el error de ignorar pruebas o hechos contrapuestos a los que trata de defender, reclama para sí, un éxito no acreditado mientras se ocupa de difamar al opuesto.

Al observar, se tiene tendencia a dar más importancia, infravalorando o sobreestimando, el hecho más antiguo o el más reciente del que se tiene constancia; se toma éste como punto de referencia y se desestiman los restantes, negando, incluso, su potencial importancia y repercusión sobre cualquier otro acontecimiento.

Frustración
El prejuicio puede ser el resultado de frustraciones que se manifiestan volcando en otros las dudas, temores e inseguridades personales.


Amenaza
Llevados por frustración, falta de habilidades sociales, miedos internos o inseguridades personales diversas, se puede crear un sentimiento de amenaza, real o imaginario, que provoca, como mecanismo de defensa, el menoscabo o desprecio de las cualidades ajenas junto a la exaltación de los propios valores.

Culpa
Es frecuente que los propios sentimientos de culpa se proyecten en aquellos a los que siente como diferentes, a quienes se desvaloriza como refuerzo interno personal.




Inseguridad
Cuando las personas salen de su grupo entran en una zona desconocida que les puede producir inseguridad, incertidumbre, etc. Por “economía mental”, para sentirnos cómodos y seguros, nos asimos al conocimiento ya adquirido, realizando comparaciones a fin de anticiparnos y controlar nuestras reacciones frente a individuos diferentes o nuevas vivencias; esto desemboca en una conducta prejuiciosa.

Rigidez
El prejuicio muestra una fuerte resistencia al cambio, arraigándose en el pensamiento y a autoafirmarse permanentemente mediante nuevas experiencias, lo cual lleva al fortalecimiento de la convicción que no acepta supuestos diferentes.

Para las personas sumidas en los prejuicios, sólo ellos están en posesión de una única verdad. No razonan con objetividad y empatía, se muestran inflexibles, se limitan a realizar críticas destructivas desde su subjetividad, no están dispuestas a comprobar la veracidad de sus teorías, pues es más fácil dejarse llevar por los propios prejuicios internos que nos dicen que estamos en lo correcto que aceptar la verdad.

Si nos mostramos inflexibles en nuestras opiniones, manifestando la incapacidad para cambiar de criterio sólo conseguimos reforzar nuestras creencias, por el contrario, una mente abierta, dispuesta al diálogo, la reflexión y a la rectificación, se evita caer en comportamientos prejuiciosos.

Conflicto
Debido a la tendencia a juzgar prematuramente numerosos rasgos de la identidad ajena, la rigidez mental puede ser causa de conflicto en la comunicación y en las relaciones interpersonales.

En ocasiones puede derivar en la competencia directa con otros individuos, concediendo prioridad a lo propio únicamente por interés o egoísmo. Se llega a ver negativamente a los demás, hasta como contrarios o enemigos, potenciales o reales, mientras que el grupo al que se pertenece, o la propia individualidad, se ve como superior induciendo a criterios cada vez más rígidos e inflexibles. Esto conlleva el aumento de la intolerancia y a un comportamiento agresivo por la supuesta necesidad de legítima defensa ante presumibles enemigos.

Generalización
Por creencias erróneas se pueden formar impresiones a cerca de los demás, por su comportamiento o características que se asimilan a la totalidad de su colectivo, sin evaluar si el resto también queda identificado por ellas (p.ej.: si un zurdo tiene una letra ilegible, presuponer que todos los zurdos también la tendrán). Esto puede llevar a la categorización.

Categorización
Los seres humanos tendemos a estructurar el mundo en categorías para manejarlo y comprenderlo mejor. Pero este encasillamiento tiende a exagerar las diferencias hasta tal punto que puede llegar a simplificarse en dos únicas modalidades: la propia y la del resto.

Identificación y Diferenciación
En el momento que tomamos conciencia de las diferencias entre personas y grupos, se inicia el proceso de diferenciación que nos hace identificarnos y agruparnos sólo por afinidad. Esto permite afianzar la identidad tanto personal, como colectiva, pero puede provocar que justifiquemos nuestras características, desvaloricemos las ajenas y nos alejemos de aquellos a quienes consideramos diferentes.

La “Teoría del Espejo” de Jacques Lacan, de modo muy simplificado, plantea que el recién nacido no actúa por su voluntad, sino por instintos e impulsos primarios fragmentados, sin tomar conciencia de su identidad hasta verse en un espejo. Como la imagen reflejada le sonríe e imita sus gestos y movimientos, le resulta agradable. Así y en diferentes estadios va estableciendo contacto con otros mientras determina el valor de la comunicación como un reflejo, pues, según Lacan, “el ser humano se estructura en la mirada del otro”.

Reafirmación
Se puede prejuzgar o discriminar por la necesidad de reafirmación de la propia identidad mediante el descrédito y/o sometimiento de otros como manifestación de la creencia de la propia superioridad y confirmación de la inferioridad ajena.

Engañosamente eleva la autoestima, ya que una de sus funciones es hacer que las personas se sientan bien al compararse con un grupo al que consideran inferior o menos competente. Tendemos a pensar que nuestro grupo es único y sobreestimamos sus cualidades positivas, mientras que las características negativas las compartimos con los demás y las vemos como algo común a todo el mundo.

Sobrevalorar
Existe también la tendencia a sobre-dimensionar los criterios y actos personales, toda vez que se resta importancia a los ajenos desprestigiándolos porque no están a la altura de los propios. Por ejemplo, hay quienes atribuyen sus éxitos a su inteligencia y sus fracaso a la mala suerte, mientras que los triunfos ajenos los circunscribe al ámbito de la buena suerte y los fracasos a la falta de inteligencia, lo cual no deja de ser un tipo de prejuicio social más. Los individuos egocéntricos son muy proclives a incurrir en este tipo de consideraciones.

Aceptación vs. Rechazo
Por la necesidad que tenemos de sentirnos integrados en la sociedad, nos surge también la necesidad de aceptación o aprobación de los otros, por ello, es una actitud muy frecuente evitar elaborar nuestros principios y adaptarnos a los ya existentes en grupos concretos; con ello nos ahorramos el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y aceptamos lo que el grupo plantea como válido, nos evitamos el enfrentamiento con los otros y nos permite sentirnos admitidos en la colectividad.

El objeto de los prejuicios es la aceptación o el rechazo de presuposiciones, de modo que, si se contradicen con las que consideramos mejores (las nuestras), automáticamente repudiamos las otras. Esta actitud implica la desvalorización y desprecio del sujeto u objeto de la crítica negativa, lo cual conduce a la discriminación.

Socialmente, los prejuicios constituyen importantes trabas para la aceptación colectiva de teorías, modos de vida, costumbres, etc., porque su erradicación de la cultura popular es lenta y difícil.

Integración Grupal
También se podría hacer referencia al llamado “Efecto Bandwagon”, de manada o de sumarse al grupo mayoritario o ganador. Ésta es una tendencia a hacer o creer algo sólo porque otras personas así lo hacen, o, a la inversa, se produce el rechazo porque así lo hacen los demás. Es un hecho experimentalmente comprobado que la mayoría de la gente altera sus creencias y sus actos en función de la selección que hacen de los criterios y actitudes ajenas aceptadas como válidas por la mayoría.

Profecía "Autorrealizada"
La gente no sólo selecciona la conducta que está de acuerdo con el estereotipo, sino que también puede provocarla como si se tratase de un efecto placebo. Si no damos opción a nuestros semejantes de mostrarse en libertad, puede desembocar en lo que el sociólogo estadounidense Robert K. Merton denominó “profecía autocumplida”: “La profecía que se realiza a sí misma es, al principio, una definición "falsa" de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva "verdadera”". Esto es, una predicción que, de ser realizada o enunciada, realmente causa que ésta se convierta en realidad, o lo que es lo mismo, si manifestamos nuestros estereotipos en alguien, ante nuestra reacción, éste puede percibirlo y verse condicionado a mostrar involuntariamente la conducta por nosotros prevista, con los consiguientes perjuicios psicológicos que esto le puede ocasionar, como, por ejemplo, pérdida de autoestima e inseguridad.

Esto, también se podría enlazar con la “Teoría del Espejo” mencionada anteriormente. Cuando el bebé se encuentra con la mirada de su madre en el espejo, ella actúa como él; si él ríe, ella también lo hace; si llora, la madre se entristece; así sucesivamente, de modo que el bebé, a través de una comunicación no verbal, aprende a conocer, es decir, a decodificar el mensaje y a descifrar los símbolos. Esto determina el valor de la comunicación de tal forma que, si la madre no entra habitualmente en sintonía con el mensaje del bebé, el niño no logrará un correcto desarrollo psíquico. Con esto, Lacan plantea que somos lo que somos porque fuimos tratados de una manera determinada. Por ejemplo, si a un niño se le repite constantemente que es malo o mentiroso, acaba por creerse que es malo o mentiroso y acaba por convertirse en tal.

Hipótesis de "El Mundo Justo"
Pensar que “cada uno tiene lo que se merece” permite que persista la discriminación institucionalizada.







CONSECUENCIAS
Las consecuencias de pertenecer a un grupo pueden tener una repercusión importante en el proceso de integración social, incluso de consecuencias irreversibles, tanto en las víctimas como en los victimarios; la mayor de ellas es la discriminación.

A título individual y psicológico, pueden influir negativamente a la hora de:
  • Percibir la realidad de modo distorsionado.
  • interpretar erróneamente los estímulos externos.
  • Reforzar las creencias y prejuicios personales o crear otros nuevos.
  • Aumentar la rigidez mental.
  • Dificultades de adaptación social y para la creación de nuevos vínculos.
  • Reducción de la capacidad empática.
  • Refuerzo de actitudes de aceptación o rechazo por condición "sine qua non".


En las víctimas se puede causar trastornos emocionales y psicológicos, como una pérdida de autoestima y asertividad que les haga mostrarse pública y privadamente de forma inhibida, débil e insegura, pudiendo con ello, incluso, reforzar los prejuicios con lo que se entraría en un círculo vicioso.

Otros efectos que causan son la frustración y la represión, puesto que la persona no puede enfrentarse y dominar, totalmente, los problemas ocasionados como consecuencia del sentimiento de rechazo de quienes le prejuzgan o discriminan.

Sin embargo, no todos los miembros de los grupos “estigmatizados” acarrean una baja autoestima, porque, para subsanar este inconveniente suelen utilizar tácticas como:

  • La comparación. Para elevar su autorreconocimiento se comparan únicamente con los miembros de su propio grupo o con aquellos que consideran inferiores.
  • El separatismo. Desprecian al grupo discriminador manteniéndose alejados de él. Si esta tendencia se generaliza, podría desembocar en el aislamiento social.
  • El distanciamiento. Evitan integrarse e involucrarse activamente en grupos, aunque, como ya se ha dicho, la inflexibilidad, al reforzar los prejuicios por falta de integración social, puede crear el sentimiento de soledad y frustración.
  • La ocultación. Evaden y niegan públicamente su pertenencia a un grupo, lo cual lleva también a sentimientos de aislamiento y soledad.
  • La superioridad. Manifiestan únicamente los aspectos positivos de su grupo resaltándolo como superior.
  • La reivindiación. Argumentan a favor de la igualdad de derechos para el cambio o eliminación de los prejuicios, incluso con la lucha activa.
La discriminación, llevada al extremo, además de las anteriores, puede tener consecuencias aterradoras: la alineación, la total exclusión de la sociedad de las víctimas. Los “verdugos” consideran a sus víctimas como seres inferiores y, por tanto, merecedores de ser sometidos o exterminados; no sienten ningún tipo compasión por los acusados, ni remordimiento alguno ante los posibles maltratos y torturas físicas o psicológicas, que pueden llegar hasta a la muerte, cometidas contra ellos; más allá de esto, rechazan toda responsabilidad de sus actos, justificándolos y anteponiendo el bienestar de su propio grupo social con el cual se muestran respetuosos, amables y afectuosos.
INCIDENCIA HISTÓRICA
El prejuicio y la discriminación son rasgos que han caracterizado el proceso de sociabilización a lo largo de la evolución de la Humanidad, desde los primeros escritos en los que ha quedado constancia de la esclavitud en el seno de la civilización mesopotámica, hasta el actual siglo XXI.

La antigua Grecia sentía la superioridad de su civilización, ciencia y cultura frente a las de otros pueblos a los cuales denominaban “bárbaros” por hablar otras lenguas extranjeras que sonaban como “balbuceos incomprensibles”, pero existen escritos que demuestran que este vocablo lo emplearon también para referirse a los extranjeros como individuos carentes de educación.

En Alejandría existía la prohibición de casamientos entre griegos e indígenas y una división de la población en grupos con estratos jurídicos sobre el origen étnico.

Durante el sigo I, los cristianos tuvieron que enfrentarse a la animadversión de escribas y fariseos, además de a las persecuciones de los emperadores romanos Nerón y Domiciano por considerarlos judíos sediciosos o rebeldes políticos.

Roma dio origen a una mezcla de razas heterogéneas en su población cosmopolita, sin embargo, esclavizó a aquellos pueblos que conquistó.

A partir del año 1000, la Europa cristiana (Sacro Imperio Romano, Francia, Inglaterra, España...) comienzan Las Cruzadas, con el objetivo de reestablecer el control cristiano, luchando contra musulmanes, judíos, mongoles, cátaros, turcos, eslavos, cristianos ortodoxos griegos y rusos, así como contra los enemigos políticos de los papas.

El Decreto de la Alhambra, dictado en Granada en 1492 por los Reyes Católicos, obligó a todos los judíos a convertirse al catolicismo o a ser expulsados de la Península Ibérica. Ese mismo año se puso fin a la Reconquista con la abdicación y expulsión de Boabdil, último rey Nazarí, iniciándose también la expulsión de todos los moriscos a lo largo de todo un siglo.

La Santa Inquisición, al amparo de la Iglesia Católica, se dedicó durante siglos a la supresión de la herejía y a juzgar todos los delitos relacionados con la fe.

La colonización española de América estableció un sistema de estratos sociales que discriminaba a los indígenas, puesto que el Imperio Español consideraba “razas puras” a la blanca, india y negra, en su inútil esfuerzo de evitar un mestizaje que menospreciaba como “cruza”. Asimismo, esta colonización supuso también la conquista espiritual e ideológica llevada a la práctica con la cristianización de las poblaciones nativas.

La conquista del nuevo continente también dio origen al comercio negrero que se extendió por Europa (Portugal, España, Francia, Gran Bretaña, Países Bajos, Dinamarca) y por América, tanto en el norte británico, como en las colonias del sur. Existen cifras que dicen que hasta 1850 entre 11 y 25 millones de esclavos africanos fueron trasladados a colonias norteamericanas y caribeñas, especialmente. Además, el investigador Enrique Peregalli, calcula que habría que añadir un 25% de muertos durante las capturas y otro 25% durante el viaje por el Atlántico. También se estima que unos 17 millones fueron vendidos en el Índico, Oriente Medio y el norte de África.

En 1863 Abraham Lincoln declaró la libertad de todos los esclavos, pero, como esto no garantizaba la igualdad de ciudadanía a los libertos en todos los estados, con la finalización de la Guerra de Secesión, en 1865, tuvo que entrar en vigor la Decimotercera Enmienda a la Constitución de EE.UU. que abolía la esclavitud en el país, quedando así definitivamente ilegalizada, pero no por ello lo hizo el sentimiento racista contra el pueblo afroamericano que siguió sufriendo la discriminación, puesta en práctica por el KKK y sus linchamientos, hasta bien entrado el siglo XX. Hoy en día, este grupo racial sigue sufriendo encubiertamente el menosprecio de sus compatriotas de raza blanca.

Con el siglo XX bien avanzado, el Apartheid fue el resultado del fenómeno de segregación en Sudáfrica implantado por colonizadores holandeses bóer en la región, como símbolo de una sucesión de discriminación política, económica, social y racial.

El movimiento sufragista de mediados del siglo XIX, llevo a las mujeres de Europa y de EE.UU. a cuestionarse los roles institucionalizados que las situaban en inferioridad respecto al hombre, lo cual les incitó a organizarse para lograr su emancipación más allá de su derecho al voto, a perseguir la igualdad jurídica, el derecho a la educación, al trabajo y a la administración de sus propios bienes.

Una de las manifestaciones más dramáticas del antisemitismo que se conocen fue el genocidio del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, iniciado “La noche de los cristales rotos”, en marzo de 1938 tras la invasión de Austria por parte de la Alemania Nazi, y que concluyó con la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau en 1945. Se estima que murieron, víctimas de este exterminio sistemático, más de 6 millones de judíos; 800.000 gitanos; 4 millones de personas de diversas nacionalidades, prisioneros de guerra soviéticos, víctimas de la ocupación e individuos calificados de “asociales”: opositores de izquierda, librepensadores y presos políticos en general, homosexuales, discapacitados físicos y psíquicos, delincuentes comunes, etc.

Pero el prejuicio, la discriminación, la marginación y la exclusión continúan manifestándose en la actualidad en ejemplos como el de la India moderna, donde aún se mantiene el sistema de castas sociales, por el cual, los “parias”, siguen siendo considerados “impuros” por formar parte de la clase más baja.

La discriminación de la mujer china comienza antes de su nacimiento. La prohibición impuesta en su país, desde hace más de 30 años, de tener más de un hijo por pareja, ha dado lugar a métodos de aborto selectivo debido, en parte, a su menosprecio cultural hacia las mujeres, pero principalmente por cuestiones más prácticas: el hombre representa beneficios sociales y económicos; los varones pueden desempeñar mejor los trabajos duros que requieren fortaleza física; las mujeres, al contraer matrimonio, además de con su trabajo como adultas, enriquecen a las familias de sus esposos. Así, las familias al verse forzadas a limitar su descendencia a un único hijo, optan por la opción más segura: niño. Si, durante el embarazo, en una ecografía se aprecia que el feto es de sexo femenino, se opta por el aborto, si no, éste corre el riesgo de ser dado en adopción o abandonado, inclusive podría llegar a morir. Esto está empezando a provocar un desequilibrio de sexos de cara al futuro; se estima que para el año 2020, en China habrá entre 30 y 40 millones de varones sin pareja.

En África, las mujeres siguen sufriendo en su infancia la espantosa práctica mutiladora del “njongal jigeen”, la ablación del clítoris o clitoridectomía. Una agresión que tiene graves consecuencias físicas y psicológicas y forma parte de los mecanismos de opresión de la mujer al estar destinada a controlar su sexualidad y, a veces, a aumentar el placer de los hombres a costa de ellas. Cada año dos millones de niñas, de entre 4 y 12 años, son víctimas de esta aberrante incapacitación genital que afecta a una población de entre 80 y 114 millones de mujeres.

Un tribunal de la Sharia islámica en Funtua (Nigeria), en enero de 2004, condenó a muerte por lapidación a Amina Lawal por haber dado a luz a un hijo fuera del matrimonio, mientras que el padre no fue procesado por falta de pruebas. Afortunadamente su condena fue anulada, pero no corrió la misma suerte la joven kurda de 17 años, Du’a Khalil Aswad, quien, en 2007, fue lapidada hasta la muerte en el Kurdistán iraquí por un crimen de honor (unas fuentes afirman que fue debido a su intención de convertirse al Islam para casarse con un muchacho iraquí sunita, mientras otras indican que murió en castigo por ausentarse de su casa una noche); misma suerte que corrió Jaffar Kiani, apedreada hasta la muerte por cometer adulterio en Irán el mismo año.

En Afganistán las mujeres van cubiertas por completo con el “burka” que únicamente les concede la libertad de una pequeña redecilla para ver a través del traje que cubre hasta su rostro y tiene un peso de 7 Kg. Con el régimen integrista Talibán, no podían salir de sus casas sin ir acompañadas por un pariente varón; no tenían acceso a atención médica porque no podían consultar a un médico varón, pero tampoco estaba permitido que las mujeres ejerciesen ninguna profesión, incluida la medicina, como tampoco tenían acceso a la educación, se debían, y se siguen debiendo, a la sumisión masculina del padre o el esposo.

Tampoco se puede olvidar la discriminación infantil y la violación de los derechos de la infancia que se presentan en multitud de países de África, Latinoamérica, Asia y Oriente Medio en los cuales se ven forzados a realizar trabajos en condiciones extremas y peligrosas, a la prostitución e incluso a levantar un arma y matar, todo ello en contra de su voluntad, sin poder tan siquiera expresar su opinión o deseo, con las graves consecuencias físicas, psíquicas y emocionales que ello les acarreará a lo largo de sus vidas.

Y tantos sucesos más que resultaría casi imposible enumerar y referir. Sin embargo, creo que hay algo que aún podemos hacer:

CONTRARRESTAR LOS PREJUICIOS Y COMBATIR LA DISCRIMINACIÓN
Como se dijo al principio, ésta es una reflexión ética y por tanto no tiene, necesariamente, una única respuesta y una solución universal. Se han descrito las razones por las cuales los estereotipos, los prejuicios y la discriminación están muy enraizados y por tanto son difíciles de cambiar, pero no por ello considero que debamos permanecer impasibles e insensibles obviando posibles soluciones y alternativas que, como sugerencia, podrían estribar en:


  • Realizar un proceo de refelxión e introspección para identificar los asuntos que tratamos desde una óptica subjetiva que nos aleje de la realidad de los hechos.
  • Reconocer el problema desde la autocrítica constructica, evitando caer en justificaciones y autoengaños, con el fin de alcanzar un cambio de actitud y mentalidad.
  • Combatir activamente los propios prejuicios y cumplir conb este compromiso.
  • Ser consciente y honesto con nuestros pensamientos y palabras a cerca de otras personas y grupos.
  • Tomar consciencia de la inexactitud que implica toda generalización.
  • Recordar que la mayoría de los estereotipos son falsos o exagerados y, ante la duda, recabar información que demuestre su error o veracidad.
  • Confirmar que no se obtiene ningún beneficio por discriminar a otros y, en el supuesto de logarlo, éste siempre será insustancial.
  • Romper el ciclo del prejuicio aprendiendo a no odiar y a perdonar.
  • Manifestar desacuerdo con los comentarios prejuiciosos.
  • Expandir la capacidad mental par pensar en términos de relaciones humanas, o de humanización, aprendiendo a respetar, aceptar y valorar la diversidad que enriquece nuestro entorno, aumenta la libertad propia y la ajena sin necesidad de someterla a roles limitadores.
  • Mejorar la percepción de la realidad para no distorsionarla en función de nuestros deseos o intereses perticulares o por influencias externas.
  • Elevar el nivel de atención hacia las personas y circunstancias que nos rodean a todos en general.
  • Dearrrollar la empatía para comprender, desde nuestra propia sensibilidad, las diferencias y los sentimientos ajenos.
  • Reducir nuestro narcisismo, egoísmo y egocentrismo sin dejarnos llevar por nuestra arbitrariedad.
  • Mostrarnos receptivos y abiertos al diálogo y a la comunicación para tomar consciencia del carácter discutible de nuestros criterios y valoraciones, contrastándolos, respetuosamente y sin imposiciones, con los ajenos, lo cual nos llevará a ampliar nuestros puntos de vista enriqueciendo nuestros conocimientos y nuestra personalidad.
  • Aumentar la capacidad de escucha y comprensión, pues si no escuchamos, nunca podremos llegar a conocer el mensaje que pretenden transmitirnos y menos aún comprenderlo.
  • Mantener alta la autoestima, puesto que sentirse bien con uno mismo es importante a la hora de aceptar las diferencias de otros.
  • Mostrarse asertivo para no perder el derecho al respeto, ni perdérselo a los demás.
  • Educar en valores humanos y actitudes sociales basadas en la tolerancia, la aceptación y la integración, siempre desde la libertad e igualdad, sin castigos, ni amenazas, es decir, sin represión.
  • Fomentar la comunicación y las relaciones amistosas con personas de otros colectivos mediante el contacto directo, siempre que éstos mantengan un estatus (social, económico, laboral o intelectual) similar, en un entorno que favorezca la cooperación, la interdependencia y la igualdad grupal, tanto como la disconformidad con creencias estereotipadas entre ellos. Esto desmantelará las falsas creencias que existen sobre ellos y favorecerá la creación de un identidad social única.
Y, fundamentalmente,
¡POR FAVOR,
NO APOYAR, NI PARTICIPAR
EN PROYECTOS U ORGANIZACIONES
QUE NO RESPETEN LOS DERECHOS HUMANOS!
¡MUCHAS GRACIAS!


REFLEXIÓN PERSONAL
Por todo lo expuesto, sólo me queda plantearme si cabría una cuestión más: la hipótesis de si alguna de las actitudes y comportamientos descritos no podrían extrapolarse para ser considerados como otra modalidad de “arquetipos” a estudiar en aquello que Jung denominó “Inconsciente Colectivo”:
"La vida se me ha aparecido siempre como una planta que vive de su rizoma. Su vida propia no es perceptible, se esconde en el rizoma. Lo que es visible sobre la tierra dura sólo un verano. Luego se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se medita el infinito devenir y perecer de la vida y de las culturas se recibe la impresión de la nada absoluta; pero yo no he perdido nunca el sentimiento de algo que vive y permanece bajo el eterno cambio. Lo que se ve es la flor, y ésta perece. El rizoma permanece”.
Visto así, ¿sería el hombre la flor que perece y los prejuicios el rizoma que permanece...?


© Ana Molina (Administrador del blog).


Fuentes
Prejuicios, discriminación y estereotipos en terapia
http://www.monografias.com/trabajos28/etica/etica.sh
Estereotipos
http://sepiensa.org.mx/contenidos/2004/f_estereotipos/estereo1.htm
ESTEREOTIPOS, DISCRIMINACIÓN Y PREJUICIOS
http://es.shvoong.com/social-sciences/1748727-estereotipos-discriminaci%C3%B3n-prejuicios/
Orígenes Sociales y Cognitivos del Prejuicio
http://www.monografias.com/trabajos36/prejuicios/prejuicios.shtml
Los prejuicios: qué son y cómo se forman
http://www.cepvi.com/articulos/prejuicios.htm
Prejuicio
http://es.wikipedia.org/wiki/Prejuicio
La Personalidad Prejuiciosa
http://identidades.org/fundamentos/gordon_allport_personalidad_prejuiciosa.htm
Teoría del Lacan y la teoría del espejo
http://www.apuntesdepsicologia.com/psicoanalisis/teoria-de-lacan.php
Inconsciente Colectivo
http://www.e-torredebabel.com/Psicologia/Vocabulario/Inconsciente-Colectivo.htm


jueves, 28 de enero de 2010

El Mito de la Caverna

Platón es uno de los pensadores más influyentes en la Filosofía Occidental de todos los tiempos. A través de potentes figuras e imágenes descriptivas, en "El Mito de la Caverna" concentra la pluralidad de su pensamiento. Una alegoría susceptible a múltiples interpretaciones sobre el conocimiento y la naturaleza humana.

De los dos universos simbólicos que establece en él, aquí se pretende equiparar, por una parte, el mundo de las sombras o de los sentidos, con la percepción errónea que tenemos de la realidad que nos induce al prejuicio; de otra, el mundo de las ideas o de la razón, con el discernimiento veraz de los hechos que nos alejan de cualquier tipo de catalogación y/o discriminación. Esto es, nuestra interpretación subjetiva frente a la objetividad.

Así se describe el mito, filosóficamente, desde su perspectiva histórica:


Con el paso de los siglos su simbolismo no ha quedado obsoleto, por contra, en nuestros días se mantiene vigente y se representa, nunca mejor dicho, de manera virtual:



Pero ¿qué hacer si tomamos consciencia de los errores que hemos alimentado a lo largo de nuestra vida en la oscuridad? ¿Permanecer en las sombras de la subjetividad y de una irrealidad, por conocida que sea, o salir al mundo exterior de la evidencia objetiva, pero ignorada? Mi opinión es:


No hay peor ceguera que la de aquel que vive en la oscuridad sin ser consciente de ello, aunque le iluminen el camino.

¿Qué se entiende por realidad y cuántas hay? Eso es otra cuestión...

© Ana Molina (Administrador del blog).