domingo, 10 de enero de 2010

Sobre el amor

En "Palabras a mí mismo", Hugh Prather, en "su lucha por convertirse en persona", escribió:




El amor une las partes con el todo.
El amor me unifica y me liga al mundo.
Amar podría ser la tarea de mi vida.
El amor es todo el universo.
El desamor es el universo dividido.
El desamor me separa de mí mismo y de los otros.
La mirada amorosa puede ver
La pluralidad como unidad
y la unidad como pluralidad
“yo y mi padre somos una persona”.
¿Existe sólo una realidad y una verdad?
El amor me muestra el lugar donde todas las mentes y las esencias se unen.

¿Cómo obtener amor? Lo tengo.
Tengo que abandonar mis definiciones de amor.
Amar no es decir cosas agradables a la gente,
ni sonreírle, ni realizar buenas obras.
Amor es amor. No luches por él. Vívelo.

Yo amo porque amo.


Por: Hugh Prather (Escritor)


Una travesura de duendes

Un cuento en imágenes, para pensar:













Sucede...


Sucede que la vida es un camino lleno de sorpresas, unas buenas otras no tanto, pero todas forman parte de nosotros mismos, nos ayudan a avanzar; aun sin darnos cuenta, consiguen que evolucionemos. Lo importante es desear vivir y sentirlas con toda su fuerza.

Lo cotidiano y las obligaciones distraen, separan, es más, hacen que todo vaya perdiendo progresivamente su valor por el cansancio, por la rutina, por la seguridad de creer seguro lo que ya tenemos, sin tener que esforzarnos en trabajarlo, cuidarlo y mimarlo. Esto, desde mi punto de vista, es un error, porque sin reparar en ello, en un instante, podemos perderlas de igual forma que las alcanzamos, dejando paso al interrogante “¿Por qué a mí... ?”. No hay que caer en el desánimo; hay que seguir poniendo el énfasis en que nada, ni nadie, se pierda, hacer que lo cotidiano, nuestras obligaciones, muchas veces tediosas y molestas, además de nuestros afectos se impregnen del deseo de realizarlas, del reencuentro y evitar que distraernos de lo que realmente queremos, concediéndoles la atención que realmente merecen aunque sea concentrando el tiempo.

Nadie es igual a nadie, afortunadamente –“en la variedad está el gusto”–. Nuestra única alma gemela es nuestra sombra que nunca se separa de nuestro cuerpo y nos acompaña incondicionalmente en la luz y en la oscuridad. En los demás podemos encontrar mucho, no creo ni espero que todo, pero no veo posible no encontrar nada, aunque no hallemos aquello que pretendíamos, a pesar de no conceder gran valor a lo que hemos percibido o incluso si esto nos desagrada. Nuestra identidad es única, auténtica y genuina, no admite imitaciones, aunque algunos lo pretendan. Afinidades, pueden y deben existir, para acercarnos a los demás y crear relaciones soportadas en puntos comunes, pero jamás una réplica exacta, es imposible e inevitable, pues de llegar a hacerse realidad esta “clonación”, no tendría ningún aliciente, encanto, misterio o sorpresa; no quedaría nada nuevo que intuir, buscar, descubrir. No existirían cualidades de la otra persona con la que enriquecernos y valorar en positivo o en negativo, por tanto, tampoco tendríamos nada que aportar, ni existiría el interés para darnos a conocer, porque todo estaría descubierto, todo sería “más de lo mismo”. Todo quedaría vacío de sentido y valor, desaparecerían nuestras esperanzas, no habría ilusiones ni deseos, no existirían puntos que pasasen desapercibidos y por ende, la posibilidad de descubrirlos... sería todo muy aburrido.

Una sintonía se compone de notas diferentes que se encuentran pero que no tienen, obligatoriamente, que nacer parejas, pueden ir juntándose en el pentagrama, componiendo la melodía que desemboca en una preciosa sinfonía o, por el contrario, dan lugar a un desatino. Todo está en descubrirlo... en apreciar la emoción y la ilusión cuando las notas van componiendo acordes melódicos que motivan a seguir componiendo o si, por su estridencia se prefiere, comenzar una nueva partitura.

El mundo físico es lo material, lo tangible; el romántico e ideal está en nuestro interior, en nuestro espíritu y nuestra mente, es lo intangible, pero ambos son reales, ambos se interrelacionan, se complementan y se necesitan... se equilibran. Sin los sueños, la ilusión y la imaginación, sin el deseo, ni la pasión que habitan en nuestro mundo interior, el físico no resistiría, se desmoronaría al no tener donde soportarse ni encontrar fuerza para avanzar, nos volveríamos locos sin la desconexión o vía de escape que nos aporta el romanticismo de nuestra imaginación y que al mismo tiempo nos enriquece y nos satisface. Sin la racionalidad y cotidianeidad del mundo físico se perdería el sentido de lo bucólico y sentimental, caería en lo superfluo y aburrido, incluso en lo vulgar... en lo empalagoso e insustancial; viviríamos al margen de nuestra consciencia, de nuestra identidad, salvo que conociésemos otra realidad, otro universo al que trasladarnos a nuestro antojo, pero esto no es el Edén, no es ningún Paraíso Terrenal, no podemos alimentarnos exclusivamente de sueños de amor, pero... no sólo de pan vive el hombre... Son los polos opuestos que se atraen y que son imprescindibles para la transmisión de nuestra energía vital, la que nos impulsa a continuar. Hay que caminar, con la mirada puesta al frente para no caer (en la realidad), pero levantando la cabeza al cielo para no perder la magnífica vista que ofrece y llegar a percibir las sensaciones de soñar que volamos acariciando las nubes (en los sueños e ideales).

No creo que se deba separar el querer del desear. Deseamos porque queremos y queremos porque deseamos, lo uno nos lleva a lo otro, a través del más puro concepto de lo que es la pasión controlada. Otra cosa es lo que esperemos y creamos necesitar y por eso lo transformamos en deseo o falso amor, pero el tiempo trae las respuestas y con ellas los aciertos y el error.

Las personas somos un todo y, aunque seamos como puzzles, no podemos descomponernos en pequeñas piezas que se compran a discreción en hipermercados envueltas y por separado. Hay que aceptar y respetar a quien tenemos al lado, en función de nuestra capacidad de entrega, exigencias, expectativas, anhelos y necesidades, comunicando y transmitiendo sentimientos que conformen la complicidad necesaria para ayudar a abrir las puertas para “cultivar” los puntos que queremos y deseamos desarrollar. Si no existen deseo, aceptación y respeto, es mejor no engañarse, ni engañar a nadie, pues al final se confirmará el fracaso, es mejor aceptar la realidad, dar y darnos la libertad suficiente para poder “renunciar” y comenzar de nuevo en otro lugar, con otras personas.

Sucede que la vida es un cambio constante, aunque éste nos pase desapercibido. Cada paso que damos en la vida se convierte en presente y el anterior ya es pasado. Si queremos avanzar hacia el futuro para estar algo más cerca de nuestra felicidad, debemos caminar, no renunciando a nada que se nos presente, interese y apetezca libremente, sin anclarnos al pasado y valorando que hay que aprender a decir “NO” a algunas cosas para decir “SÍ” a otras, aceptar las despedidas para ofrecer bienvenidas, pero con análisis y reflexión, seguridad y convencimiento y mucha, mucha ilusión y mucho, mucho deseo, pero, fundamentalmente, asumiendo las consecuencias... luego no valen los arrepentimientos.

Y sucede que yo soy yo y así quiero seguir. Sucede que son muchos años conviviendo conmigo misma y muchos los que espero que me resten para seguir haciéndolo. ¿No me gusto, no me acepto? Como todos, quizá. De ahí que trabaje arduamente por mejorar, pero me siento satisfecha conmigo, con mi forma de pensar, vivir y soñar. Orgullosa y nada arrepentida de ninguna de mis experiencias, por dolorosas o frustrantes que hayan sido, ya que todas forman parte de mí y con ellas he crecido; por mis triunfos y mis derrotas, con los que he aprendido y me he ido definiendo; por mi capacidad de amar, amar a las personas, a la vida y a las cosas, por mi desarrollo personal. Y sucede que tú eres tú, al igual que yo, y así debes seguir, siendo tú mismo, con tu autenticidad y con las características inherentes a tu personalidad.

Si coincidimos ¡Qué hermoso! Si no, también, pues habré tenido la maravillosa oportunidad de haberte conocido, haber compartido una etapa de mi camino y porque ya formarás parte de mi vida, de mi experiencia, de mi historia. Habré crecido sólo por haber compartido, por haberme abierto y mostrado tal cual soy, te habré permitido conocer mis cualidades y mis imperfecciones. Y tú, desde tu libertad y con mi respeto a tu identidad personal, igualmente habrás podido expresarte como yo. Me sentiré satisfecha por sentir y por vivir un día más al lado de alguien de calidad, alguien tan especial como lo somos todos.

Y sucede que busco un camino común en el que coincidan y confluyan dos caminos sustentados en el respeto, la libertad, el deseo y el afecto. Dos caminos: el tuyo, contigo y con tus cosas... tu persona; el mío, igual que el tuyo, conmigo y con mis cosas... mi persona. Y así, entre ambos, crear un pequeño mundo compuesto por nosotros y para nosotros, con todo aquello que compartimos gustosos.

Y ahora me pregunto ¿Sucede que a pesar de nuestros puntos comunes, en lo profundo, en el límite, no coincidimos?... Es algo ambiguo, aún así, estamos aquí.


© AnA Molina (Administrador del blog).



jueves, 7 de enero de 2010

Y tras Navidad ¿Qué...?


Como cada año, las fiestas navideñas llegan y se van cargadas de las mismas cosas y de idénticos sentimientos bondadosos. Como cada año por estas fechas nos reunimos con familia y amigos, brindamos con compañeros de trabajo, disfrutamos de unas cortas y merecidas vacaciones, ofrecemos y recibimos regalos... Disfrutamos y sufrimos las consecuencias de las grandes comilonas, la diversión, las indigestiones, las resacas y el sueño trasnochado... Brindamos, felicitamos, regalamos buenos deseos, besos, abrazos, reencuentros y paquetes voluminosos. Llenamos estos días de risas, aunque las lágrimas queden ocultas tras la máscara del cotillón de año nuevo... Pero ¿qué ocurre con toda la alegría y felicidad que derramamos y repartimos sin reparos en Navidad, cuando volvemos a nuestra cotidianeidad y pasaron “estos días tan señalados”?

Ya enviamos las felicitaciones a todas aquellas personas de quienes no sabíamos nada desde las pasadas fiestas, es decir, desde hace un año o, al menos, desde hacía muchos meses. Nos creemos mejores personas y consideramos que hemos cumplido escribiendo esos “christmas” que tan generosamente compramos para colaborar con una ONG, incluso el juguetito de turno para ayudar a los niños más necesitados. También reenviamos todas esas presentaciones y videos que recibimos, cargados de mensajes positivos y esperanzadores, a través de nuestros correos electrónicos. Veremos incrementada nuestra próxima factura de telefonía móvil por tantos y tantos mensajes como enviamos y, en el mejor de los casos, de tantas llamadas como realizamos. Pero ¿tendrá que pasar otro año para volver a contactar con esas personas a las que tan cordialmente deseamos “Feliz Navidad y Próspero año nuevo”?

Al regreso de estas fiestas volvemos a nuestros puestos de trabajo y nos reencontraremos con las mismas personas a quienes días atrás ofrecimos nuestros mejores deseos con un par de besos o un abrazo, pero tras el reencuentro, retomaremos la nefasta costumbre de juzgar y criticar sus actitudes y aptitudes, pisando, en nuestro afán competitivo y de superioridad, su labor profesional. Seguiremos sin ofrecerles nuestra ayuda cuando se encuentren en un apuro y nos iremos al final de la jornada sin despedirnos de ellos, cuando tengan que quedarse a hacer horas extraordinarias porque no han completado su tarea en el horario laboral. Pero ¿tendrá que pasar otro año para volver a entablar una relación cordial de unos minutos con esas personas para desearles “Feliz Navidad y Próspero año nuevo”?

Un año más nos reencontramos en cenas y comidas con esos familiares a los que ignoramos durante el resto del año y para quienes no nos queda un minuto para telefonearles y preguntar cómo se encuentran, ignorando sus penas y alegrías, para hacerles partícipes de las nuestras. Pero ¿tendrá que pasar otro año para volver a ofrecer o recibir una nueva invitación a compartir nuestros hogares, otra comida u otra cena cuando no haya que desear “Feliz Navidad y Próspero año nuevo”?

Y así, sucesivamente. ¿Cuántos días y acontecimientos tendrán que suceder, a cuántas personas y circunstancias ajenas ignoraremos hasta volver a desear “Feliz Navidad y Próspero año nuevo” sin considerar que un año consta de 365 días y no sólo de unas horas o de apenas las dos semanas que dura tanta supuesta “prosperidad”?

Ya pasaron los días de los excesos y de los sentimientos tan buenos como fugaces, que se mantienen únicamente durante las navidades, durante los días de “Cava y Muérdago” y un año más volvemos a volcarnos en “Las Rebajas”, dilatando no el espíritu navideño, sino el del mero consumismo compulsivo que las dilata, pero lo más triste es que también comienza la época de rebajas en valores humanos. Se acabaron las buenas intenciones y los buenos deseos, se acabó la comprensión y la empatía, la generosidad y el desinterés... Ahora llegan las “Rebajas de Afecto”, volvemos “a lo nuestro” o, como dice el refranero “zapatero, a tus zapatos” y “el que venga atrás, que arree”.

Viendo todo esto repetidamente, año tras año, aunque parezca un tópico, no por ello menos real, no puedo evitar pensar en tantos convencionalismos como nos limitan, en los compromisos que, teóricamente, nos atan por cariño, pero que al final se descubre falso, hipócrita y acomodaticio. Sin embargo, esto no quiere decir que me revele contra la Navidad y su espíritu, todo lo contrario, pero sí lo hago contra la embustera apariencia en la que la envolvemos, porque los buenos deseos, el amor, la fraternidad, la amistad y todo aquello que confiere calidad, dignidad y valor al hombre en lo íntimo y espiritual, motivo real que dio origen a esta celebración, no sólo se debe poner de manifiesto en Navidad, sino demostrarlo día a día a lo largo de todo el año, compartiendo aquello que tenemos de bueno en nuestro corazón y en nuestras vidas, más allá de exquisiteces culinarias servidas en nuestras mesas o costosos regalos comprados en centros comerciales y empaquetados con un gusto delicado.

Por eso, aunque se entienda que este deseo llega a destiempo, considero que es el momento adecuado para compartirlo:


Convierte tu vida en Navidad
y que la Navidad sea tu vida.




© AnA Molina (Administrador del blog).


Ante la oscuridad

Hace tiempo recibí este sencillo cuento en mi correo electrónico. Desconozco su autor y su origen, pero no su moraleja, la que hoy pretendo compartir para hacer ver la necesidad de responsabilizarnos de nosotros mismos, de aprender a vivir sin “auto-compasión” y descubrir nuestras capacidades y nuestro potencial inexplorado. Se lo brindo a quienes me han ayudado en “esas” circunstancias difíciles por las que todos pasamos en algún momento.

Los pasajeros del autobús, la observaron compasivamente cuando la atractiva joven del bastón blanco subió con cuidado los escalones. Pagó al conductor y, usando las manos para percibir la ubicación de los asientos, caminó por el pasillo y encontró el asiento que, según él, estaba vacío. Luego se acomodó, colocó su maletín sobre las rodillas y apoyó el bastón contra su pierna.
Hacía un año que Susan, de treinta y cuatro años, se había quedado ciega. Debido a un diagnóstico equivocado, había perdido la vista, y de repente se había sentido arrojada a un mundo de oscuridad, rabia, frustración y auto-conmiseración. Dado que antes había sido una mujer orgullosamente independiente, ahora Susan se sentía condenada, por esta terrible vuelta del destino, a ser una carga impotente y desvalida para todos los que la rodeaban.

"¿Cómo pudo pasarme esto?", se quejaba con el corazón lleno de cólera. Pero a pesar de cuanto llorase o despotricase o rezara, ella sabía cuál era la dolorosa verdad: Nunca más volvería a ver. Una nube de depresión se cernía sobre su espíritu antes tan optimista. El solo hecho de vivir cada día era un ejercicio de frustración y cansancio. Únicamente se aferraba a su esposo, Mark.

Mark era un oficial de las Fuerzas Aéreas que amaba a Susan con todo su corazón. Al perder ella la vista, notó cómo se hundía en la desesperación y decidió ayudarla a reunir las fuerzas y la confianza necesarias para volver a ser independiente. La experiencia militar de Mark, lo había entrenado muy bien para manejar situaciones delicadas, pero él sabía que aquella era la batalla más difícil que iba a enfrentar.

Finalmente, Susan se sintió preparada para volver a su trabajo, pero ¿cómo llegaría hasta allí? Anteriormente costumbrada a tomar el autobús, ahora estaba demasiado asustada como para ir por la ciudad por sí sola. Mark se ofreció a llevarla en coche todos los días, aun cuando trabajaban en extremos opuestos de la ciudad.

Al principio, esto reconfortó a Susan y cubrió la necesidad de Mark de proteger a su esposa ciega, que se sentía tan insegura para realizar la acción más insignificante. Sin embargo, Mark pronto se dio cuenta de que ese arreglo no funcionaba... Era problemático y costoso. "Susan tendrá que empezar a tomar el ómnibus de nuevo", admitió ante sí mismo. Pero sólo pensar en mencionárselo le hacía estremecer. Ella todavía estaba tan frágil, tan llena de rabia... ¿Cómo reaccionaría?

Tal cómo Mark había previsto, Susan se horrorizó ante la idea de volver a tomar el autobús sola.

-¡Estoy ciega! -explicó con amargura-. ¿Cómo se supone que voy a saber adónde me dirijo? Siento que me estás abandonando.

A Mark se le rompió el corazón al oír esas palabras, pero él sabía lo que debía hacerse. Le prometió a Susan que, por la mañana y por la noche, la acompañaría en el autobús todo el tiempo que fuera necesario hasta que ella se sintiera segura.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Durante dos semanas enteras, Mark acompañó a Susan en el viaje de ida y vuelta al trabajo. Le enseñó cómo apoyarse en sus otros sentidos, en especial el oído, para determinar dónde se encontraba y cómo adaptarse a su nuevo entorno. La ayudó a trabar amistad con los conductores, quienes se ocuparían de ella y le reservarían un asiento. Le hizo reír, incluso en aquellos días no tan buenos en que tropezaba al bajar del autobús o tiraba su maletín lleno de papeles en el pasillo.

Todas las mañanas hacían el recorrido juntos y Mark tomaba un taxi para volver a su oficina. Aunque esta rutina resultaba más costosa y cansada que la anterior, Mark sabía que sólo era cuestión de esperar un tiempo más antes que Susan estuviera capacitada para viajar por su cuenta. Creía en ella, en la mujer que él había conocido antes de perder la vista, la que no le temía a ningún desafío y jamás se rendía.

Por fin, Susan decidió que estaba lista para hacer el intento de viajar sola. Llegó la mañana del lunes y, antes de irse, abrazó a Mark, su compañero de viajes en autobús, su esposo y su mejor amigo. Tenía los ojos llenos de lágrimas de gratitud por su lealtad, su paciencia, su amor. Se despidieron y, por primera vez, cada uno tomó un camino distinto. Lunes, martes, miércoles, jueves... todos los días le fue muy bien y Susan jamás se sintió mejor. ¡Lo estaba haciendo! Estaba yendo a trabajar por su cuenta.

El viernes por la mañana, Susan tomó el autobús como de costumbre. Al pagar el billete, el conductor le dijo:

- ¡Caramba! De veras la envidio.

Susan, no supo si le estaba hablando a ella o no. Después de todo, ¿quién iba a envidiar a una ciega que había encontrado el coraje de vivir durante el año anterior?
Intrigada preguntó al conductor:

- ¿Por qué dice que me envidia?

El conductor respondió:

- ¿Sabe? Todas las mañanas durante la semana pasada, un caballero de muy buen aspecto, con uniforme militar, ha estado parado en la esquina de enfrente, observándola mientras usted bajaba del autobús. Se asegura que cruce bien la calle y la vigila hasta que entra en su edificio de oficinas. Luego le tira un beso, le hace un pequeño gesto de saludo y se va. Usted es una mujer afortunada.

Lágrimas de felicidad rodaron por las mejillas de Susan. Porque, aunque ella no podía verle físicamente, siempre había sentido la presencia de Mark. Era afortunada, muy afortunada, pues él le había hecho un regalo más poderoso que la vista, un regalo que ella no necesitaba ver para creer en su existencia...


El regalo del amor puede llevar luz a donde sólo hay oscuridad.



martes, 5 de enero de 2010

Nasija

“Nasija” es un cortometraje canario de Guillermo Ríos elaborado para el día de la mujer, galardonado con más de 50 premios en los 5 continentes. ¡No es para menos!

Durante 7 minutos ofrece una impresionante muestra del problema de ser mujer en el África subsahariana, desde la perspectiva de la propia mujer sentenciada a muerte. Es doloroso, pero no por ello menos real, todo lo contrario, nos acerca a una realidad que, en nuestra cultura occidental, sentimos muy lejana, pero ignorar esta cruda realidad no hace que desaparezca.




Rabo de Nube

En muchos lugares del mundo, esta noche es una noche mágica, la noche de la ilusión, los sueños y los deseos. Esta noche recibiremos a:

Sus Majestades
Los Reyes Magos de Oriente


Mañana, en millones de hogares disfrutaremos de cariño, regalos, sonrisas y de la alegría de los más pequeños. Mi deseo este año es un “Rabo de Nube”, como denominan en Cuba a los tornados. Un deseo que lleva letra y música de un cantautor nacido en este país, Silvio Rodríguez.




Si me dijeran pide un deseo,
Preferiría un rabo de nube,
Un torbellino en el suelo
Y una gran ira que sube.
Un barredor de tristezas,
Un aguacero en venganza
Que cuando escampe parezca
Nuestra esperanza.

Si me dijeran pide un deseo,
Preferiría un rabo de nube,
Que se llevara lo feo
Y nos dejara el querube.
Un barredor de tristezas,
Un aguacero en venganza
Que cuando escampe parezca
Nuestra esperanza.

Por favor, pensemos en los millones de niños que mañana no verán cumplidos sus deseos e intentemos, aunque sólo sea desde nuestros corazones, enviarles un "Rabo de Nube" que traiga a sus vidas un poquito de ESPERANZA.

Feliz Noche de Reyes.
Felices Regalos.

Os deseo que Sus Majestades sean generosos en
SALUD Y AMOR.


Tus hijos no son tus hijos


Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.


Por: Kahlil Gibran (Poeta y ensayista)


lunes, 4 de enero de 2010

El sembrador de estrellas

El "Sembrador de Estrellas" es una estatua de Kaunas, Lituania. Durante el día no destaca, se podría decir que es una escultura más, herencia de la época soviética. No obstante, en el muro ya podemos apreciar un detalle que la diferencia:







Pero, al llegar la noche, su título queda justificado y pasa a tener sentido.




Compartiendo y haciéndome eco del mensaje que he recibido...

Aprendamos a ver en las sombras tanto como en la luz, porque ahí está la belleza.

Sembremos estrellas, porque, aunque a simple vista no se aprecien, ellas estarán allí para iluminar nuestra oscuridad.


domingo, 3 de enero de 2010

Esa traicionera compañera llamada Salud


Aunque, tristemente, no es una regla general, la mayoría de los humanos nacemos con un maravilloso don que nos irá acompañando a lo largo de la vida, hasta que nos abandone al llegar a su fin: la Salud.

La salud es un bien de valor incalculable sin comparación posible. Quien goza de ella es afortunado porque no hay nada en este mundo que la pueda comprar, ni reemplazar, ni su ausencia atiende a clases sociales o económicas. Sin embargo, nuestro estilo de vida actual, que prioriza lo material sobre lo inmaterial y espiritual, no suele atender a su importancia y frecuentemente la desconsidera y desprecia su alcance real y profundo; simplemente nos quedamos en la falsa creencia de que es algo innato en nuestras existencias. Al tratarse, sólo en apariencia, de algo gratuito, vivimos sin reparar en aquello que significaría vivir sin ella y las consecuencias que esto tendría. Instintivamente damos por hecho que siempre nos va a acompañar incondicional e indefinidamente por los tiempos de los tiempos, que su falta nunca va a repercutirnos personalmente, sino que siempre lo hace y hará sobre terceros, sobre personas que probablemente no conozcamos o de quienes sólo nos den referencias de “la mala suerte que han tenido” o como muy cerca los apreciemos en amigos o familiares, lo cual ya nos causará dolor emocional, pero nunca el físico que sufre el enfermo. Pero nosotros seguimos estando ahí, sanos, fuertes y creyéndonos invulnerables. Sin embargo, no, no lo somos, no somos perfectos, ni hemos sido dotados de la eterna juventud, ni de la salud infinita.

No voy a decir que yo sea diferente y no haya obrado en esta línea de comportamiento y, que en el fondo, puede que responda a un instinto básico de supervivencia al no aceptar lo que sabemos que inevitablemente nos sucederá tarde o temprano, sin saber en qué condiciones o circunstancias. Pese a ello, por dolorosas experiencias personales pasadas y recientes he podido darme cuenta de este error y reflexionar sobre este asunto.

Somos efímeros y por tanto caducos. Nuestra energía y vitalidad con el paso del tiempo no sólo afecta a las personas que vemos a nuestro alrededor. En el mejor de los casos, también va dejando sus señales en nuestra persona y no sólo en las canas o arrugas de nuestro rostro, sino en nuestro ánimo interior, en nuestras fuerzas y capacidades, en el debilitamiento y deterioro progresivo de nuestros órganos vitales. El cambio y el deterioro son imparables, aunque se produzcan de manera casi imperceptible y no los observemos por el hábito de convivir con nuestro propio cuerpo, salvo en los momentos que tomamos consciencia al vernos en viejas fotografías, cuando nos reencontramos con un antiguo conocido y observamos los estragos que le ha causado el paso del tiempo, o cuando esos pequeños achaques a los que no damos importancia se van haciendo paulatinamente más fuertes y constantes hasta que acudimos a consulta médica para confirmar nuestro estado de salud y, en el peor de los casos, una posible enfermedad.

Presuponemos que no pasaremos por circunstancias que vayan más allá de pequeños y temporales problemas que se resolverán con facilidad tras un período de tratamiento médico o con una intervención quirúrgica que finalmente pasarán a la historia sin grandes consecuencias. Pero, aunque sólo sea por economía mental, eludimos pensar en aquellos otros problemas de salud importantes que pueden surgir de manera imprevista o accidental, pudiendo provocar que nuestra vida quede truncada bruscamente e incluso de forma definitiva e irreparable, pudiendo arrastrar a otros compañeros de nuestro fluir cotidiano. No es extraño que una pérdida de salud provoque también una pérdida del puesto de trabajo y con ello un menoscabo sobre el poder adquisitivo habitual; limitaciones funcionales que nos avoquen a dependencias físicas de otras personas para sobrevivir y, por ello, a un debilitamiento de nuestra dignidad humana y personal, tanto como de nuestra autoestima que, incluso, pudieran acabar derivando en problemas psicológicos tales como la depresión, sin olvidar el posible condicionamiento de la libertad de actuación de nuestros cuidadores al hacernos dependientes de ellos. Por muy bien “amueblada” que tengamos nuestra cabeza, para estos casos no contamos con la preparación psicológica y sentimental previa y necesaria para aceptarlos con lógica, racionalidad y sin afectación emocional.

También puede tener sorprendentes consecuencias sobre nuestros lazos afectivos, al confirmar, con los hechos y comportamientos que se desencadenan, cómo ante la enfermedad no sirven las relaciones acomodaticias, ni los vínculos sanguíneos, pues aquellos que considerábamos de una solidez y autenticidad indiscutibles, es posible que defrauden las expectativas que depositamos en ellos al sentir la decepción tras apreciar su respuesta fría, distante o indiferente ante nuestras actuales circunstancias, cuando confirmamos que su cariño no era más que un supuesto que no se ha materializado con actos cuando más lo necesitábamos. En contraste, y afortunadamente, también es posible que otras personas, aun no formando parte directa de nuestros círculos íntimos, nos brinden altruista y desinteresadamente aquello que hemos echado a faltar en quienes catalogábamos como incondicionales. Es en estos casos cuando se demuestra el verdadero valor humano de quienes dan sin esperar recibir nada a cambio, aquel afecto que, emulando las palabras de Leibniz, ofrece satisfacción y bienestar al apreciar estas mismas cualidades en nuestros semejantes. Luego, estas tristes circunstancias nos ofrecen la valiosa oportunidad de confirmar la autenticidad de los sentimientos ajenos hacia nosotros, de reconocer, a través de sus actos, a las personas que únicamente nos dan cabida en sus vidas de forma meramente temporal, superficial, interesada o por simples e hipócritas compromisos morales que únicamente atan a quienes los mantienen en sí mismos. Y, como también es la ocasión de corroborar en qué corazones estamos realmente arraigados, no debemos desaprovechar la circunstancia para manifestar nuestra gratitud hacia ellos y corresponderles con igual afecto sincero y desinteresado.

De todo esto procede el que diga que la Salud es una compañera traicionera, porque nos puede volver la espalda en cualquier momento sin avisar, dejándonos desprevenidos y sin la capacidad resolutiva necesaria para hacer frente al suceso, física, emocional y afectivamente. No es ella la que se compromete con nosotros a nada, sino nosotros los que nos creamos la falsa perspectiva de su enlace eterno con nuestras existencias.

La aceptación de estos avatares es una regla que nos impone la vida, como también lo es la aceptación de la pérdida definitiva e irremplazable de un ser querido que se nos fue porque su salud le abandonó. El proceso del duelo, como su propio nombre indica, es tan doloroso, como largo y traumático. Aun así, por triste y dificultoso que éste resulte, hay que recorrer las etapas que nos impone para su superación. Nos guste o no, nuestro camino no se puede quedar paralizado por esa pérdida; hay que sobreponerse a ella y aprender a volver a vivir con alegría y satisfacción, manteniendo el recuerdo de aquel a quien perdimos, aprendiendo a recorrer, como define Jorge Bucay, “el camino de las lágrimas”, o como intenté hacerlo yo misma hace unos años escribiendo estas palabras tras recapacitar sobre el hecho de que todos estamos aquí tan sólo...

De Paso


Caminaba y pensé...

“Me despediré de ti, aunque nunca partirás.
Enterraré tu cuerpo y tu huérfana sombra.
A la hoguera no arrojaré los áureos recuerdos,
mas aceptaré el dolor que llenará tu ausencia.
Abriré mi mano para que tu aliento pueda volar,
no te amarraré con mi soga de cristal.
Vaciaré mi copa y la volveré a llenar.
Construiré otro nido, en otro lugar,
donde sentir mi eterna libertad.
Recorreré un día cada día,
sin pisar sendero de huellas mojadas.
El reloj seguirá avanzando
hora a hora, minuto a minuto,
sin darle cuerda hacia atrás
un instante antes de comenzar.
Pactaré en solitario silencio
con la finitud del espacio-tiempo”.

Entonces, detuve mi paso.
Sentí...

Y me lancé al vacío
para poder seguir sonriendo,

Viviendo...
Sin aquel que ya se fue.

No obstante, éste no pretende ser un mensaje cargado de pesimismo o negatividad, ni una provocación a la hipocondría, como tampoco es una invitación a la realización de operaciones de cirugía estética que nos den una falsa apariencia de lozanía, ni a la infructuosa búsqueda del elíxir de la eterna juventud. Es un mensaje que pretende hacer ver la necesidad de vivir con la atención puesta en la realidad de nuestra efímera esencia, de modo que nos permita disfrutar del presente en plenitud pero con realismo, sin crearnos expectativas sobre la respuesta de otros ante una posible enfermedad y agradeciendo las muestras de apoyo recibidas, aprender a tomar consciencia de la condición volátil de nuestra salud y las posibles repercusiones que esto puede traer a nuestras vidas y a las de nuestros allegados, para, así, aprender a percatarnos de que lo más importante no está en lo externo y material, sino que lo más valioso que poseemos está dentro de nuestro ser, es irremplazable e insustituible, y no podemos dar por hecho que nunca nos traicionará.

Os deseo una larga vida llena de salud y satisfacción.


© AnA Molina (Administrador del blog).