domingo, 13 de diciembre de 2009

Las relaciones humanas. Una Cuestión de Confianza

“La confianza, como el arte,
nunca proviene de tener todas las respuestas,
sino de estar abierto a todas las preguntas.”

Wallace Stevens
(Poeta estadounidense contemporáneo)

Todos hablamos de confianza y la tenemos más en consideración cuando andamos escasos de ella o nos abandona. Confianza en un ser superior, en el ser humano, en nosotros mismos, en una persona, en una relación, en el futuro, en el resultado de ciertas acciones propias o ajenas, en un determinado negocio y así sucesivamente. Del mismo modo hablamos de su enemiga natural, la desconfianza, a la que nos referimos con frecuencia a través del típico enunciado “no me fío”. Al emplearlas, lo hacemos de un modo semi-automático sin reparar en su significado y valor intrínseco, porque ¿nos cuestionamos en verdad su sentido?, ¿qué es y de dónde proviene la confianza?, ¿surge natural e instintivamente o se construye con obras o ideas?, ¿se puede reestablecer tras perderla?, ¿es necesaria para nuestra sociabilización y sus implicaciones? Y más interrogantes relacionados con la condición humana.

Si nos atenemos a las acepciones que nos ofrece el diccionario de la Real Academia Española, la confianza se definiría como “Esperanza firme que se tiene de alguien o algo. Seguridad que alguien tiene en uno mismo. Presunción y vana opinión de sí mismo. Ánimo, aliento, vigor para obrar. Familiaridad o libertad excesiva. Pacto hecho oculta y reservadamente entre dos o más personas...”.

Pienso que nacemos con un conocimiento y unas capacidades que, lógicamente, vamos desarrollando con la experiencia, pero al no estar aún “contaminadas” por el entorno social se muestran en su estado más puro. Una de estas capacidades sería la confianza ligada a la inocencia e ingenuidad. No hay más que observar la actitud y mentalidad de un niño o, si no, recordar nuestra infancia, cuando creíamos en la magia y en personajes que al llegar a la edad adulta han desaparecido, como Peter Pan, en el país de Nunca Jamás. Es decir, la pureza de la confianza con la que nacemos no sobrevive a las normas de convivencia establecidas en nuestra sociedad, al quedar debilitada por aspectos tan humanos como el dolor, la frustración o el desengaño que, instintivamente, nos van induciendo a la desconfianza.

Al mismo tiempo, al considerar nuestra herencia genética, que nos asimila biológicamente a otras especies, se desencadena el mecanismo de huída o defensa, volviéndonos agresivos o vulnerables. Al sentir miedo, desconfiamos y nos anticipamos para protegernos de supuestas amenazas externas. Para preservar nuestra integridad y evitar las emociones negativas que nos provocaría la derrota, elaboramos estrategias tratando de pronosticar la victoria que alimentaría nuestra seguridad y fortaleza, además del ego. En la actualidad, esta teoría se podría enlazar con la teoría, postulada por el psicoterapeuta cognitivo conductual Albert Ellis, de las ideas irracionales que distorsionan nuestro conocimiento abocándonos al sufrimiento. Más concretamente, se relacionaría con la idea que afirma que “se debe sentir miedo o ansiedad ante cualquier cosa desconocida, incierta o potencialmente peligrosa”, que se contrarrestaría con un pensamiento positivo sustitutivo basado en el afrontamiento de las situaciones que, en hipótesis, resultan peligrosas de forma abierta o intuitiva y, si esto no fuera viable, aceptar lo inevitable.

Aristóteles fue el primer estudioso en exponer que “el hombre, por naturaleza, es un animal social”. Los humanos, somos una especie animal que siempre ha vivido en comunidad y por tanto necesitamos de la unión con nuestros congéneres que, necesariamente, lleva implícita la confianza para formar parte de una pluralidad que nos pone unas condiciones para ser aceptados en ella. Somos elementos de subconjuntos con características comunes que forman parte de un conjunto mayor que es la sociedad, donde la interacción de sus componentes favorece el desarrollo de nuevas cualidades de éstos de manera individualizada; si no formamos parte de él acabamos siendo un conjunto vacío que se queda aislado y no comparte rasgos comunes, es decir, ya no estaremos solicializados, ni formaremos parte de la colectividad sin la cual, al hombre, le resultaría muy difícil vivir, más aún hoy en día con las estructuras globales en las que nos movemos. Según esto, la confianza es un factor psicológico intrínseco al ser humano del que no podemos prescindir, porque la necesitamos para dar sentido a nuestra existencia y sobrevivir, con ciertas garantías de éxito, en la creencia del mantenimiento de nuestros ideales e ilusiones, de nuestros afectos y del sentimiento de pertenencia a un grupo que nos acepta, respeta y valora. La necesitamos para nuestra estabilidad emocional, racional y relacional.

De una manera simplificada, se podría deducir que “para un adulto es absolutamente necesario contar con el cariño y la aprobación incondicional de sus semejantes”, o lo que es lo mismo, con su confianza. Sin embargo, con esto, volvemos a Ellis, porque nuevamente se incurre en otra idea irracional. Es obvio que, al relacionarnos, sentimos la necesidad de aceptación y aprobación, pero esto no significa que tengamos que obtenerla en todas y cada una de las facetas de nuestra vida, ni ante la humanidad al completo, dado que esto nos llevaría a exigencias hacia los demás que les condicionarían y limitarían; podrían sentirse presionados en contra de su voluntad y en exclusivo beneficio nuestro. Por otra parte, limitaría lo que Jorge Bucay, psicoterapeuta gestáltico y escritor, define como nuestra “autodependencia”, que nos libera de ataduras y de juicios ajenos, permitiendo que nos valoremos individualmente tanto como deseamos que lo hagan los demás, es decir, proporcionándonos la confianza en nosotros mismos sin que nuestra estabilidad personal dependa más del exterior que de nuestro interior.

Nos cuestionamos el grado de confianza a otorgar a aquellos con los que interrelacionamos y el punto donde señalar el límite de nuestra privacidad. En ocasiones sentimos que nos hemos entregado, que hemos compartido acciones o hemos sincerado hechos y sentimientos personales, para más tarde concluir en que nos equivocamos, pues la persona con la que confraternizamos no respondió al trato acordado según imaginamos en un principio; es entonces cuando afirmamos con rotundidad “me ha traicionado”. La cuestión estriba en que, en verdad, no ha tenido por qué existir, necesariamente, dicha traición, sino que sólo hemos partido de una mera suposición sobre cuál sería su comportamiento posterior. Esto, nuevamente, nos llevaría a Ellis: cuando un individuo determina que las cosas sólo pueden ser como él quiere que sucedan y no se produce el resultado por él esperado, lo enfoca como algo horrible y desesperante, niega toda credibilidad a la persona sobre la que afirma haber sido “traicionado”, se encoleriza, se decepciona... le cierra la puerta a su confianza y rompe los lazos de unión, en lugar de optar por invertir el resultado de las condiciones adversas, transformarlas en acontecimientos más satisfactorios y seguir manteniendo la relación analizando lo sucedido para encontrarle una explicación más allá de los previstos objetivos iniciales, y, si esto no fuera factible, aceptar los resultados tal y como se han materializado, sin castigarse, ni castigar por ello a nadie... sin desconfianza.

Cuando suponemos la confiabilidad de alguien sin respetar su individualidad y sin asumir nuestra posible responsabilidad con honestidad, nos estamos creando expectativas respecto a un futuro incierto que no podemos precisar. Nos ponemos en la mente ajena desde la nuestra, como si estuviésemos grabando en ella registros con órdenes para la consecución de nuestras intenciones, con el objetivo de mantenerla bajo nuestro control. Muchas veces, estas perspectivas de futuro se soportan bajo la creencia inconsciente de la obligatoriedad de alcanzar nuestros deseos, generadas con frecuencia por nuestras necesidades insatisfechas (de comunicación, contacto humano, afectividad, etc.) que, a su vez, nos pueden llevar a la dependencia emocional que nos esclaviza a otras personas. Si, finalmente, no se ven satisfechas, tenemos la tendencia a sentirnos defraudados, frustrados y decepcionados, incluso con inclinación a “la búsqueda del culpable”, librándonos de nuestra potencial parte de responsabilidad en lo sucedido, pero no debemos olvidar que no se puede exigir a nadie que deposite en nosotros la misma confianza que hemos puesto nosotros en él, dado que ésta es una decisión voluntaria, porque, citando a Nietzsche, “las personas que brindas su plena confianza creen por ello tener derecho a la nuestra. Es un error de razonamiento: los dones no dan derecho”. A partir de ahí, hay que hacer examen de conciencia, reflexionar sobre lo sucedido con implicación, dar cabida al libre albedrío de cada cual, tratar de reconducir la relación y, si esto no es posible, aceptar la desilusión con un espíritu constructivo para modificar nuestro comportamiento futuro evitando crearnos expectativas. Si no obramos así, estaremos abocados a la repetición constante del sentimiento de fracaso y, por tanto, a la eterna desconfianza.

Luego, no podemos quedarnos en la creencia de tener el control preciso sobre todo lo que acontece en nuestro entorno, sino que éste se ve condicionado por factores externos que alteran nuestra percepción de la realidad. Por ello, no hay que permanecer pasivo, hay que percibir las situaciones con objetividad, sin alterarlas con puntos de vista particulares. No hemos de incurrir en el error de evitar los problemas reales, sino asumir la responsabilidad de nuestros actos, así como reconocer nuestra equivocación y el sentimiento de fracaso generado por no haber obtenido el resultado esperado. No hay que castigarse por haber sido ambiciosos o no haber logrado la perfección en la relación y en la confianza esperada. Tampoco culpabilizar al otro, pues ambos contamos con el derecho a nuestra libre elección. Sin embargo, frenar la confianza por evitar el riesgo de cometer errores, no es más que, una vez más, un síntoma de miedo. Este comportamiento, a la larga, sólo conduce a la represión y a evitar la necesidad básica de los hombres a relacionarse y crear vínculos con sus semejantes, esto es, al aislamiento. Somos libres de escoger este aislamiento, pero en ese caso, no podremos lamentarnos de no contar con la confianza de otros porque así decidimos obrar, o, como dijo el filósofo William James “cuando tienes que elegir y no eliges, esa es tu elección”, aunque siempre nos queda la oportunidad de reconsiderar nuestra actuación de cara al futuro.

Marcar el límite de aquello que compartimos o nos reservamos viene determinado por la seguridad en nosotros mismos y ante los demás, frente a nuestra experiencia y motivación, así como ofrecer la libertad al otro de participar, o, por el contrario, aceptar su libertad de actuación. Aun así, el derecho a nuestra privacidad ha de prevalecer y únicamente somos nosotros los que podemos decidir hasta dónde compartir y con quién, o si preferimos conservar nuestra intimidad. Ante eso nadie puede poner ninguna oposición válida y ahí debe hacer presencia nuestra asertividad para saber decir “No”, con una argumentación sólida y convencida, firme y serena. Simplemente se trata de una cuestión de respeto a las respectivas individualidades... una cuestión de confianza.

La vida es un constante flujo bidireccional de personas en nuestro camino y, en este sentido, la espontaneidad y una mentalidad abierta, libre de condicionamientos y prejuicios, también juegan un papel importante a la hora de decidir quién ha de dar el primer paso para crear el vínculo y qué hacer para mantenerlo, tanto como el discernimiento entre la cautela o el riesgo de hacer un depósito de confianza fructífero, ante la duda de poder estar desperdiciando la maravillosa oportunidad de crear una amistad auténtica, como el determinar si es conveniente aplicar diferentes patrones de parecer y conducta en función del círculo en el que nos encontramos o medir a todos por el mismo rasero, incluso, valorar si es acertado sustentar nuestro criterio en pruebas de realidad o preferiblemente en nuestra percepción intuitiva.

Si nos permitimos ser espontáneos, sin frenar nuestros deseos (siendo razonables y consecuentes con ellos, lógicamente), si nos mostramos abiertos y confiados, estaremos abriendo las puertas al valor de la confianza ajena, la cual, nos pondrá en un camino más llano para sentirla en nuestro fuero interior, o sea, creo que hay que dar una oportunidad a quienes llegan a nuestra vida sin ponerles barreras de manera anticipada, pues eso les impedirá el paso obligándoles a alejarse de nosotros. En ocasiones, esto puede resultar difícil debido a nuestras personalidades, más si somos tímidos, retraídos o introvertidos, pero es en las personas con este carácter donde está el gran reto de la superación: vencer sus limitaciones intentando dar un paso hacia delante para abrirse, porque, este acto, en sí mismo, ya representa un logro personal, aunque la relación buscada no llegue a prosperar, pero, si se lleva a la práctica de forma mantenida y empezando sin exigirse demasiados esfuerzos, irá modificando nuestro comportamiento, moldeándolo hacia una apertura que hará más fáciles las relaciones, la obtención y asignación de confianza y, más importante aún, aumentará nuestra seguridad personal, nuestra asertividad y nuestra autoestima con las cuales alcanzaremos una vida más serena, estable y satisfactoria, donde no tendrán una cabida tan fácil las emociones negativas, ni los quebraderos de cabeza inútiles.

Esto no significa que proponga dejarnos llevar por aquello que nos dicte nuestra emotividad o impulsividad desmedida e irrefrenable, porque hay que buscar el punto de equilibrio entre razón y emoción sin descartar, ni descuidar ninguna, es decir, “saber nadar y guardar la ropa”. La racionalidad férrea puede estar muy indicada para otras áreas donde todo se mueve bajo las premisas del método científico, pero los seres humanos, aun constituidos por redes neuronales cuyo comportamiento, ciertamente, se puede asemejar al de los chips, también tenemos reacciones emotivas que no podemos obviar. No siempre es válido el pragmatismo implacable, hay que dar cabida también a lo trascendente, a lo que nos aporta vida espiritual y eso está en las emociones, en los sentimientos, en la afectividad que obtenemos a través de nuestras relaciones humanas y no “tecnológicas”, por así decirlo, como si de máquinas se tratase. Sin embargo, hay que saber calibrar racionalmente nuestros actos y nuestras palabras; todos ellos siempre causan un efecto en nosotros y en los demás que no hay que menospreciar nunca. Si repetimos una vez tras otra los mismos comportamientos, por lógica, los resultados serán siempre los mismos y no resolveremos nada. Para establecer un nuevo vínculo hay que considerar tanto la realidad, como la intuición a partes iguales, o lo que es lo mismo, tener en cuenta nuestra experiencia previa, nuestras expectativas, los riesgos, las pérdidas y beneficios que nos puede ocasionar una relación de manera racional, sin descartar los deseos, las inquietudes y la afectividad que nos mueve hacia ella, así estaremos en mejores condiciones de discernir mejor la conveniencia o inconveniencia de crear una nueva alianza y los pasos a dar, sin frustrarnos por el posible fracaso de ver que el “lazo” no ha quedado tan bonito como para adornar un regalo.


Seguir patrones de parecer o conducta diferentes en función del círculo en que actuamos, no considero que sea una buena opción, pues “cada persona es un mundo” y como tales, identidades únicas no catalogables. Si todos somos diferentes, también nos mostraremos distintos según la circunstancia y momento existencial, pero me resulta indiscutible que debemos ser fieles a nosotros y mostrarnos honestos, descartando los posibles autoengaños que podamos detectar a través del auto-análisis y de la auto-crítica siempre desde una perspectiva constructiva. Para evitar esto, la opción es ser espontáneos y auténticos, rebasando nuestros límites y barreras, lo cual, además de preservar nuestra autoestima y asertividad, nos fortalecerá, nos hará más dueños de nosotros mismos librándonos de nuestra negatividad. Todo radica en intentar mantener el equilibrio interior obviando miedos e inseguridades, susceptibilidades e intereses particulares para lograr un grado de atención mayor que nos permita percibir, sin distorsiones mentales y sin afectación, la realidad que nos envuelve. De este modo, se lograrán relaciones más estables y duraderas, por tanto, más saludables. Por esto mismo, porque todos somos identidades diferentes, aunque podamos compartir ciertos rasgos en común, opino que medir a todas las personas por el mismo rasero es un grave error que únicamente nos llevará a un fallo mayor que desembocará en la creación de nuevas relaciones prejuiciosas, inestables y poco duraderas.

El prejuicio es la opinión previa que tenemos sobre algo o alguien a quien no conocemos y que, según el psicólogo John Dollarn “es el resultado de nuestras frustraciones y la base de la discriminación que atenta contra la dignidad humana”. Es una distorsión cognitiva del modo de percibir la realidad, una de las formas en que nuestras inseguridades se manifiestan a través del temor a sentirnos amenazados, por lo que tendemos a prejuzgar con el objeto de evitar dicha amenaza por la deformación de los hechos objetivos. En relación a la tendencia a prejuzgar, el psicólogo especialista en la personalidad, Gordon Allport expone lo siguiente:

“Las personas prejuiciosas son intolerantes, exigen estructuras netas en su mundo, aun cuando se trate de estructuras estrechas e inadecuadas. Donde no existe el orden, ellas lo imponen. Cuando se necesitan nuevas soluciones, ellas se aferran a los hábitos probados y verificados. Siempre que es posible, se apegan a lo que es familiar, seguro, simple, definido. El individuo tolerante, en cambio, parece haber aprendido temprano en su vida la manera de aceptar los impulsos sobre los que pende un tabú social. No tiene miedo de sus propios instintos; no es mojigato; considera de modo natural las funciones corporales... En favor de esta opinión, recordamos la evidencia de que las personas con prejuicios parecen realmente más susceptibles a la frustración. Su poca tolerancia puede muy bien ser la razón por la que siempre quieren ver el terreno que pisan, porque sólo con un campo perceptual claramente estructurado pueden evitar la amenaza de la frustración.”.

Esta valoración preconcebida, normalmente negativa, es un proceso de selección mental al que se somete a ciertos individuos con quienes no se ha intimado para concluir si reúnen o no los requisitos para poder ser aceptados por nosotros o nuestro grupo. La selección se lleva a cabo de acuerdo a estereotipos, a tabúes, a actitudes y valores adquiridos por educación, influencia medioambiental y/o relacional, a los rasgos inherentes a personalidad que prejuzga como la dicotomía del pensamiento, rígidas actitudes moralistas o por el mero hecho de aferrarse a la idea irracional de aceptar que, como los criterios personales son los únicos admisibles, se descarta a todo aquel que no coincida con los suyos. Este comportamiento obliga a evaluar a ciertos individuos para determinar si son dignos de nuestra confianza o, por el contrario, proceder a discriminarlos sin justificación real aparente, dado que se realiza de forma totalmente subjetiva presuponiendo que estas personas deben quedar excluidas de los indicadores de nuestra aprobación, es decir, se sustenta sobre una mera creencia y no sobre una evidencia.

En tanto exista la idea de rechazo y castigo hacia determinados individuos por sus posturas existenciales, ideas o actos por considerarlos erróneos o inadecuados, sin que, obviamente, éstos caigan en lo antisocial, delictivo o perjudicial para alguien, en lugar de pensar que ciertos comportamientos y criterios son propios de diferentes personalidades que merecen todo el respeto, estaremos prejuzgando y sacando conclusiones precipitadas, sin hacer uso de la cualidad de la empatía. Por esto, si a ninguno nos gusta que nos juzguen negativamente, deberíamos intentar tratar a nuestros semejantes del mismo modo que nos gusta que nos traten a nosotros. Entonces, resulta muy beneficioso desprenderse de los prejuicios, porque, cuando prejuzgamos a alguien le negamos a priori la confianza, luego estamos frenando la suya al evidenciar nuestra resistencia y la mala valoración que nos merece; en consecuencia, limitamos considerablemente la posibilidad de interrelacionar y negamos la de establecer una unión enriquecedora para ambas partes. Más allá de esto, lo que estaremos haciendo será limpiar nuestra mente de ideas preconcebidas que nos enturbian el entendimiento, paralizan nuestro crecimiento interior y dificultarán nuestras futuras relaciones de manera indefinida. Y siempre nos vendrá bien recordar aquel antiguo aforismo indio-americano que reza “Antes de juzgar a una persona, camina durante tres lunas seguidas con sus mocasines puestos”, o una de las muchas frases que invitan a reflexionar de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry:

"– ¡Pero no hay a quién juzgar! –exclamó el principito.
– Te juzgarás a ti mismo –le respondió el Rey–.
   Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás.
   Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio."

La confianza podrá ofrecerse o recibirse altruistamente, nacerá instintivamente, de forma espontánea, motivada por la impulsividad y la pasión o por la reflexión, pero, sea como fuese, crearla con una significación implica trabajar por ella y por su mantenimiento, para lo cual no basta con decir, sino que también hay que hacer de forma continuada o no se solidificará el valor que aquí venimos tratando. Hay que obrar, como ya se ha dicho, desde el mutuo reconocimiento respetando la libertad e individualidad propia y ajena sin dudar del otro, sin crear compromisos no deseados y sin presiones que provocarían en el otro el efecto opuesto al deseado. Conviene evitar las distorsiones y las desviaciones y eso se logra a través de la comunicación abierta, positiva y sincera, mediante el diálogo constante y constructivo, nunca desde la crítica peyorativa que hiere los sentimientos y la autoestima de cada cual (a la hora de comunicarnos desde la confianza, nuestros sentimientos han de ser seguros y conviene que nuestra autoestima esté alta para evitar ser heridos con facilidad, con independencia de la intención de aquellos con los que nos estamos comunicando). Pero si importante es hablar, más importante es mantenerse en las palabras dichas, decir lo que pensamos, hacer lo que pensamos y cumplir con lo que hemos dicho y/o prometido; así lo expone Ángeles Arrien en “Las cuatro sendas del chamán”: “existen dos causas que generan todas las confusiones: no decir lo que pensamos y no hacer lo que decimos. Cuando decimos lo que pensamos y hacemos lo que decimos, nos volvemos dignos de confianza”. Si incumplimos reiteradamente nuestras promesas, la confianza adquirida y la anhelada se desvanecerán con pocas probabilidades de recuperación.

La confianza perdida en algo o en alguien, aunque no imposible, es difícil de recuperar, porque, como dijo Johannes Brahms, “no crece como las uñas”. A las personas les cuesta olvidar lo que han vivido, principalmente si han visto heridos sus sentimientos de forma reiterada. Un estudio reveló que la confianza puede ser restaurada cuando el agraviado ve que la otra persona demuestra que es digna de confianza en ulteriores ocasiones consecutivas y el proceso de recuperación puede acelerarse gracias a la promesa de no volver a incurrir en el mismo comportamiento que dio origen a la pérdida. Sin embargo, si no se mantiene esa actitud confiada, si persiste la duda o el resentimiento hacia quien nos ha defraudado, o si se vuelven a dar motivos para que se evapore, por ejemplo por el incumplimiento de la promesa de no reincidir en la actuación desencadenante, las probabilidades de recuperación serán progresivamente menores en tanto no se cumpla con lo prometido y la decepción vaya en aumento, llegando al punto en que se agoten de manera definitiva y la situación sea irresoluble. A pesar de lo cual, antes que mantenerse en el resentimiento y en la duda eterna, me inclino por tratar de perdonar lo imperdonable y conceder nuevas oportunidades porque la gente cambia constantemente y no veo positivo incurrir en la presunción de la reincidencia del error antes de haberse constatado.

En conclusión, la confianza habrá de empiezar en nosotros mismos o no podremos compartirla con nadie y, por ende, tampoco habrá quien confíe en nosotros. Si la desconfianza se alimenta de nuestros miedos e inseguridades, habrá que trabajar en ellos para solucionarlos; basarnos en la experiencia tomando consciencia de nuestro presente sustentado en nuestro pasado; en desprendernos de exigencias y prejuicios ante nosotros y ante los demás; evitar, en la medida de lo posible, expectativas inciertas que, finalmente, pudiesen caer en el vacío; mantener la atención en nuestro “yo” evitando emociones descontroladas, distorsiones mentales y diálogos internos negativos que nos confunden y nos llevan a equívocos, así como abrir nuestra puerta a las personas que llegan a ella.

Al final, con las personas, como en todo, el tiempo nos acaba dando todas las respuestas, pero si tras éste, permanece la duda ante el saber cuándo y en qué cuantía alguien es merecedor de confianza, se soporta en nuestra seguridad – en la confianza en nosotros mismos- y en la fe en las personas. Pero no olvidemos que la confianza transforma a las personas y gracias a esta transformación crecemos y evolucionamos, por tanto, abrámonos a la confianza y así, confiaremos más en nosotros mismos, en los demás y en cualquier ámbito de esta complicada existencia que limita nuestra autenticidad.

© Ana Molina (Administrador del blog).


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